Su obra

 

En 1563 se cerraba la tercera sesión del Concilio de Trento, abriéndose oficialmente la etapa de la historia europea que se ha denominado de la Contrarreforma, con la institucionalización de la vida católica de acuerdo con las normas emanadas de las decisiones de los padres conciliares. También en 1563 hacía su entrada en las escena histórica, ya como maestro de pintura, Doménikos Theotokopoulos, en la isla de Creta, territorio colonial de la República de Venecia, situada en el Mediterráneo oriental.
Vincular estos dos hechos históricos podría parecer a primera vista gratuito. Sin embargo un artista, como cualquier otra persona, vive y trabaja en el marco de una estructura de normas y creencias imperantes en su época. El Greco, como artista, se movió en esta etapa, de la Italia pontificia de Pio V y Gregorio XIII a la España de Felipe II y de Felipe III.
Vivió y trabajó, durante el periodo más prolongado de su existencia, en dos de las ciudades, Roma y Toledo, más representativas de la Contrarreforma católica, una urbe papal, centro de la política religiosa de la Iglesia, y otra la capital eclesiástica de España, la nación considerada como abanderada de aquella política en su aplicación práctica, regida por el más católico de todos los monarcas europeos de la época.
La segunda mitad del siglo XVI está marcada por la convocatoria, en 1545, del Concilio de Trento y las normas que de él emanaron. La Contrarreforma condicionó la vida religiosa, política, artística y cultural de la Europa occidental.
La quiebra del Imperio tras la muerte de Carlos V trajo consigo el fortalecimiento de la unidad política y religiosa en la España de Felipe II, mientras que Francia se desgarraba en conflictos religiosos, crisis de la monarquía y graves problemas económicos y sociales. Isabel de Tudor, por el contrario, transformó a la Inglaterra rural en una potencia marítima y comercial embrión de un nuevo imperio.
La República veneciana tenía bajo su dominio la isla de Creta desde 1204 y hacía siglos que vivía con los ojos vueltos hacia Oriente. A mediados del XVI vivían en la ciudad unos cuatro mil griegos que contaban con su propia iglesia ortodoxa, San Giorgo dei Greci.
Por otro lado, es importante detenerse más a fondo en la situación política de las dos potencias europeas que influyen a la decadencia española: Francia e Inglaterra.
En Francia los conflictos por la lucha del trono no cesaban. Enrique III (1574-1589) revocaría la libertad de religión, lo que originaría el estallido de nuevas guerras. Esta oposición, sobre todo de los gobernadores de provincias, que pertenecen a la alta nobleza católica, posibilitaría a Enrique de Guisa, la alianza con Felipe II en contra del heredero del trono Enrique de Navarra. De esta forma se originaría lo que se ha conocido en la historia como la guerra de los Tres Enriques. El rey, Enrique III, haría asesinar al de Guisa y a su hermano, el cardenal Luis, después de lo cual se reconciliaría con Enrique de Navarra. Pero durante el sitio de París un fanático monje dominico llevó a cabo un atentado contra el rey, cuya vida se extinguiría días después. Sin embargo, antes de morir, nombra a su sucesor, Enrique de Navarra. Con ello, en 1589 los borbones llegan al trono francés, en el que permanecerían hasta el año 1792.
Por su lado, Inglaterra se halla regida por Isabel I (1558-1603), aunque el rey Enrique II de Francia proclamaba como reina de Inglaterra a María Estuardo. España, por el contrario, apoyaba a la joven reina, que subió al trono con 25 años. De este modo, la envidia y las disputas de los monarcas católicos de España y Francia, preservaron en principio a Inglaterra, con su iglesia estatal anglicana, de una invasión militar. Durante los primeros años de su gobierno, Isabel supo mantener hábilmente las esperanzas de Felipe II en el sentido de que él o su hijo se casaría con ella. Con esta táctica de contención, conservó su independencia para desarrollar su propia política inglesa. De este modo, poco a poco, Inglaterra se fue haciendo con el dominio marítimo convirtiéndose en la potencia hegemónica y arrebatando a España este papel hasta ahora suyo.

La pietá
Pompeo Leoni

La estancia del Greco en el palacio Farnese bajo la protección del cardenal Alessandro es un dato fundamental de su biografía artística. Los Farnesio (uno de cuyos miembros había alcanzado el papado, reinando sobre la Iglesia entre 1534 y 1549 con el nombre de Paulo III) formaban una de las grandes familias romanas y su magnífico palacio, construido por Sangallo y lleno de obras de arte, aparecía como uno de los focos más interesantes de la ciudad. El Cardenal Alessandro, nieto de Pablo III, se hallaba entonces en la cumbre de su poder (aspiraría al papado, sin conseguirlo, en 1572) y aparecía como un decidido protector de las artes. Vingola había levantado para él el gran palacio de Caprarola, en cuya decoración al fresco -que aún proseguía, dirigida entonces por Jacopo Bertoia, cuando El Greco llegó a Roma- empleó a numerosos artistas. Además entregó fondos para la construcción de la iglesia del Gesú y en su palacio romano se reunía, alrededor de Fulvio Orsini, un selecto núcleo de eruditos, literatos y artistas.
Sea como fuere, lo cierto es que para El Greco la estancia en el palacio Farnese fue más provechosa por lo que supuso en su proceso de formación que por las posibilidades de promoción personal que se la ofrecieron. En ese proceso, el estudio de las colecciones artísticas de los Farnesio debió ejercer una influencia nada desdeñable, pero los papeles más relevantes parecen haber correspondido a Giulio Clovio y Fulvio Orsini.
Probablemente, el impacto de la obra de Clovio sobre el cretense fue más bien reducido. Pese a su fama, el miniaturista no era un artista excesivamente original y cabe suponer que tras haber pasado por Venecia y conociendo ahora las grandes obras romanas, Theotocópoulos sabría calibrar el alcance exacto de su producción. Sin embargo no cabe menospreciar su influencia como mentor.
Además, tras el desinterés por las artes exhibido por Pío V, el nuevo Papa, Gregorio XIII, había emprendido un programa de decoraciones que hacían presumir un período de bonanza para los pintores afincados en la ciudad. El Greco conocía probablemente a su hijo, el jefe de las tropas vaticanas, Giacomo Boncompagni. No obstante, no recibió ningún encargo. Estos fueron a parar a hombres tales como Marco de Siena, Pietro de Santi, Tomaso Laurenti o Marco de Faenza.
Por otra parte, es evidente que las convicciones estéticas del artista acabaron de conformarse en Roma, en donde sumiría buena parte de los postulados del manierismo centroitaliano y se fortalecerían las resonancias neoplatónicas que impregnaron su pensamiento.

Poliptico de Módena vista del monte Sinaí
San Sebastian I

Tras la abdicación de Carlos V en 1556, Felipe II (1556-1598) se hace cargo de la soberanía de España como el monarca más poderoso del continente; gracias a las disposiciones testamentarias de su padre, todavía pertenecen a España los Países Bajos y el Franco Condado (soberanía de borgoñona), Nápoles, Sicilia (herencia aragonesa), el ducado de Milán, las plazas norteafricanas y las posesiones americanas.
En 1559 Felipe obliga a Francia a renunciar a toda reivindicación en Borgoña e Italia. En la batalla naval de Lepanto vence a los turcos, pero el momento de máximo poder lo consigue cuando anexiona Portugal a España gracias a una unión personal.
Felipe II es un enemigo convencido el protestantismo. Su política está predominantemente determinada por su celo en conservar y ampliar la antigua Iglesia y por su objetivo de edificar y mantener la hegemonía española. Convencido de su misión divina como soberano, se esfuerza en imponer el absolutismo incondicional y crea una organización estatal que obedezca a su mando.
Un segundo matrimonio de Felipe con María I la Católica, debía unir España con Inglaterra y los Países Bajos en contra de Francia. Sin embargo, este plan fracasó ya que María murió en 1558 sin tener descendencia. Comenzaría pues a tener relaciones amorosas con Isabel I, sucesora de María para casarse con ella e impedir una alianza entre Francia y María Estuardo, reina de Escocia. En principio, el rey tolera que Isabel aproveche la situación política, por medio de una ayuda secreta a sus enemigos, los rebeldes de los Países Bajos, dejando además sin castigo a las naves piratas inglesas que asaltan en el Caribe a los galeones españoles que transportan inmensas riquezas. Sin embargo, cuando los años siguientes (1572) llega a un entendimiento con Francia y, por otra parte, Isabel acuerda un Tratado con los rebeldes de los Países Bajos (1585), Felipe se prepara para una gran empresa naval contra Inglaterra. Bajo el mando de Alonso de Medina Sidonia, su Armada parte en 1588 con el objetivo de transportar las tropas de Farnesio (Roma), situadas en los Países Bajos. Pero la destrucción de la Armada por los ingleses representa un duro golpe para España, del que no se recuperaría.
Con su política católica, Felipe intervendría en 1590 en las luchas francesas por el trono. Pero su general Alejandro de Parma penetra en Francia y sus tropas se amotinan apoyando al enemigo, Enrique IV de Francia. En 1598 Felipe II se ve obligado a pactar la paz con Francia.
Ya enfermo, el monarca reconocería antes de su muerte el fracaso de su política de injerencia en Europa, así como sus intentos de reprimir la independencia estatal y el protestantismo.
Inglaterra se ha convertido en defensora del protestantismo y la futura soberanía naval inglesa comienza ya a dibujarse. En Francia, por su parte, el reino nacional se encuentra por encima de las controversias religiosas, y los Países Bajos obtienen la libertad religiosa y estatal por medio de las armas.
La España a la que vino El Greco estaba en bancarrota, mientras que el resto de los estados europeos experimentaban un auge. En esta España predominan la miseria y la penuria, y el heredero al trono, Felipe III (1598-1621), de 20 años de edad, es un hombre débil. No está preparado para hacer frente a su futura y gran tarea. Cincuenta años después de la muerte de Felipe II, España se hundiría en las potencias de segunda fila.
El Greco apenas viviría para ver la corrupción moral de Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, conde de Lerma, a quien Felipe III había otorgado la dirección de los negocios. Del mismo modo, no viviría para ver la expulsión de los moriscos de España, entre 1609 y 1611.

 

 

 

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