Su obra

La obra de Miguel Angel se puede interpretar como una muestra de sus ideas y de sus diferentes estados de animo, desde su juventud hasta su madurez. La belleza aniñada de la Piedad del Vaticano, reflejo de las ideas neoplatónicas del artista, contrasta con el fervor religioso y el dolor que imprime a las Piedades de la última etapa de su vida, llena de soledad y amargura.
La escultura, la pintura, la arquitectura e incluso la poesía son para el toscano una forma de comunicar sus conflictos internos al mundo exterior. La furia contenida del Moisés y su tremenda grandiosidad son una condena de la actuación de la Iglesia, como el David es un canto a la libertad. Así, la coherencia entre sus obras y su personalidad convierten a Miguel Angel en uno de los hombres más grandes de todos los tiempos. La apasionante historia de la decoración del techo de la Capilla Sixtina culmina con las discusiones entre Buonarroti y el Papa Julio II. Es en este apartado de su vida donde Vasari recuerda una de las anécdotas más hermosas del pintor. Cuando el Pontífice le pide que dote a la bóveda de colores vivos y dorados, Miguel Angel le recuerda que los profetas y los patriarcas "no fueron nunca ricos, sino hombres santos porque despreciaron las riquezas".

El profeta Zacarías
Capilla sixtina: sector oeste
Expulsión del paraiso

El peculiar estilo de Miguel Angel no sólo se observa en su faceta como pintor y escultor, sino que también lo traslada a sus obras arquitectónicas. Dentro de este campo, somete los elementos clásicos a una visión personal y dramática. En la construcción de la Biblioteca Laurenciana aporta una serie de novedades que rompen con la serenidad clasicista, al tiempo que causan un espectacular efecto, ante tan reducido espacio. La Capilla Medicea sorprende por la compleja articulación en la que sitúan las figuras que representan a Lorenzo y Giuliano de Médicis.
La gran cornisa del Palacio de Farnesio, los planos de la Plaza del Capitolio, la Puerta Pía y las fortificaciones de Roma son algunas de las obras en las que está presente la mano y el genio de Buonarroti.
La obra más colosal del Miguel Angel "arquitecto" corresponde a 1546, momento en el que se hace cargo de la Basílica de San Pedro. Su deseo inicial es ejecutar el plan establecido por Bramante, aunque este ya ha sufrido algún cambio por Sangallo. El proyecto del toscano se centra especialmente en la cúpula, a la le confiere un perfil más elevado, tras suprimir el anillo que columnas, de los planos. En su lugar aparecen una serie de ábsides, rodeados de grandes pilastras, sobre los que sitúa frontones, en los que se alternan las formas circulares con las triangulares. En una carta que envía al maestro Bartolomeo Ferratini, habla de los problemas que encuentra en los planos que le dan: "todo aquel que se haya apartado de los planes de Bramante, como hizo Sangallo. Se ha desviado de la verdad, (...) En primer lugar, el círculo que él puso por fuera quita toda la luz del plano de Bramante. No solamente eso, sino que no tiene luz. De esta manera quedaron muchos lugares a oscuras entre las partes superiores e inferiores que se prestaban a infinidad de inmoralidades, como para servir de guardias de bandidos, acuñadores de monedas falsas, para violar a monjas y otros desacatos." Otra de las modificaciones que realiza afecta a las torres que se incluyeron en los proyectos anteriores, ya que Miguel Angel las elimina de la escena para que toda la atención recaiga sobre la bóveda. De este modo, el perfil de la cúpula se impone en la panorámica de la ciudad de Roma, adquiriendo mayor protagonismo frente al resto de las edificaciones.

Pietá
Sueño de la vida humana
Caída de Faetón

EL DIVINO EN VIDA

Escultor, pintor, arquitecto y poeta; Miguel Angel es uno de los artistas más relevantes que la historia ha concebido. Su importancia en el mundo de las humanidades es incuestionable. Con su presencia se inicia una nueva forma de entender y expresar el arte. La libertad y la independencia que el italiano manifiesta en sus creaciones se convierten en baluarte de los artistas de la época. Nunca se reconoció de tal forma a un hombre en vida como a éste, al que llamaban "el divino".
Al tratar el efecto que provoca este autor sobre las futuras generaciones, es preciso atender tanto al fondo como a las formas. La influencia de Miguel Angel será decisiva en el movimiento manierista de la segunda mitad del siglo. Su repercusión es evidente no sólo en los años venideros, sino que entre sus propios contemporáneos ya se le considera un maestro a imitar.
Por otra parte, a mediados del siglo XVI llegan a España una serie de obras, atribuidas al toscano o directamente relacionadas con su estilo. Un dato a tener en cuenta es que gran parte de los artistas, procedentes de otros lugares de Europa y pertenecientes a esta época, se educan en Italia. Así, cuando llegan a sus países extienden los conocimientos adquiridos. Para muestra el caso del burgalés Bartolomé Ordoñez, uno de los escultores más importantes del primer tercio del siglo XVI. Los relieves que este personajes cincela en mármol de Carrara en honor a Santa Eulalia son un claro recordatorio de las formas y la espiritualidad de Miguel Angel.
En pleno desarrollo del Renacimiento y también en España, destaca el escultor Alonso de Berruguete, dentro de la escuela de Valladolid. En los años de su juventud viaja a Iltalia, donde completa su formación y mantiene algún que otro contacto con el toscano.
Miguel Angel cita al español en dos de sus cartas; en la primera le recomienda para que le permitan estudiar los cartones de la Batalla Cascina. Parece ser que las relaciones entre los dos no son demasiado amistosas. Una de las razones es que al "escultor de Roma" no le entusiasma que Bramante designe a Berruguete para copiar el grupo del Laoconte, descubierto por estas fechas. No obstante, las esculturas del Vallisoletano, más huesudas y estilizadas, se acercan, en más de una ocasión, a las del toscano por la fuerza de violentos escorzos y la tensión que contienen sus movimientos. Es evidente la existencia de elementos miguelangelescos en las imágenes esculpidas por Berruguete, aunque no siempre resulten visibles.
Juan de Juni es uno de los autores más identificados con la escuela castellana, a pesar de su origen francés, además de ser considerado el rival más directo de Berruguete. Sus obras, repletas de belleza, se contorsionan y se agitan sin perder en ningún momento las proporciones anatómicas, como las del maestro italiano. En El Santo Entierro esculpe siete figuras, situando en primer término un bello estudio de Cristo y alrededor las seis restantes, agrupadas de dos en dos. La postura de la Magdalena y el movimiento de brazos y piernas del que está dotada evoca las actitudes de los efebos que Buonarroti pintó en la Capilla Sixtina.
Otro escultor español del segundo tercio del siglo XVI, Bautista Vázquez el Viejo, deja un testimonio de su peregrinación a la cuna del clasicismo. Se trata de una Piedad de mármol que realiza para la Catedral de Avila, directamente inspirada en la Piedad del Vaticano de Miguel Angel. La composición del grupo, junto con la belleza que trasmite el rostro de la Virgen, se puede considerar una replica exacta de la que ejecuta el toscano con veintitrés años.
Como estos se podrían citar a muchos otros de sus coetáneos, cuyas obras reúnen cientos de reminiscencias miguelangelescas. En definitiva, la estética que crea el toscano, junto con una fuerza capaz de expresar el dolor y el dramatismo hasta los últimos extremos, se convierte en una herencia para los escultores del Renacimiento.

EL GRECO, AMOR Y ODIO

El Greco, mientras vive y trabaja en Italia, tiene la oportunidad de conocer a fondo la obra de Buonarroti, sin embargo más que admiración lo que experimenta es decepción, o al menos esto es lo que manifiesta. El cretense considera que sus pinturas se reducen casi a líneas con un predominio de colores tenues. Pero las creaciones del toscano, aunque el Greco no lo admita, repercuten tanto en el dibujo, como en las formas y la temática que trata este autor.
Con el paso del tiempo y afincado ya en España, es más difícil apreciar este aspecto en sus cuadros. Aunque mantiene el culto a la anatomía y la espiritualidad que empapa las figuras alargadas de sus escenas; dos cualidades que aprende del toscano. Un hecho significativo tiene lugar cuando el cretense, estando en Italia, se ofrece para rehacer los frescos del Juicio Final de la Capilla Sixtina, ante las reacciones que provocan los desnudos de la obra, entre los seguidores de la Contrarreforma. El Greco, en estas circunstancias, asegura que sus pinturas tendrían la misma calidad que el dibujo del italiano. Para finalizar el relato de este episodio, hay que añadir que su atrevimiento le lleva a adelantar el viaje de vuelta.

Jucio final: Cristo juez
Jucio final: San Pedro
Jucio final: San Bartolomé

 

EL REALISMO Y CARRACI

La evolución del manierismo va a desembocar en el Barroco, dentro del cual se observan dos tendencias pictóricas opuestas; el naturalismo y el clasicismo. El naturalismo se recrea en un realismo inspirado en la vida misma. Caravaggio, su máximo exponente, reproduce modelos extraídos de la calle sin someterlos a ningún tipo de idealización. Mendigos, pícaros, hombres y mujeres corrientes encarnan a santos y ángeles como una reacción contra la exquisitez de los manieristas. Paralelamente, en Bolonia, se desarrolla una corriente que busca una interpretación intelectual de la realidad.
La belleza ideal y el estado de ánimo se convierten en los objetivos más buscados por los artistas de este movimiento. En este sentido, es posible hablar de un realismo frente al Manierismo, pero mucho más idealizado en comparación con el naturalismo. La mitología y las representaciones alegóricas son algunos de los temas más recurridos, junto con paisajes de extraordinaria belleza y los motivos de ruinas clásicas. Dentro de este estilo, destaca la familia Carraci, que llega a crear una academia para instruir a sus alumnos en la técnica y enriquecer sus conocimientos relacionados con las humanidades y la literatura. Aníbal Carraci al decorar la bóveda del Palacio Farnersio, en Roma, asimila no sólo la estructura que Miguel Angel crea en el techo de la Capilla Sixtina, sino que además introduce figuras desnudas en la falsa cornisa y en las escenas que recuerdan a los efebos del toscano.
En Holanda, y entrado el siglo XVII, destaca una de las figuras más importantes del arte universal, Rembrandt. Este autor se inicia en el mundo de la pintura de la mano de Jacob Isaacszoon, un pintor local que pasa parte de su juventud en el país natal de Buonarroti. Este hecho le permite conocer en su juventud, aunque de forma indirecta la obra los grandes maestros italianos del Alto Renacimiento. A causa de las enseñanzas de su primer profesor, en algunos cuadros de Rembrandt se puede apreciar un toque que evoca la obra de los clásicos. El Inglés Joshua Reynolds, uno de los representantes más destacados del siglo XVIII , en una ocasión comenta a propósito de La lección de anatomía del doctor Johan Deyman: "Hay algo sublime en el carácter de la cabeza, que recuerda una de Miguel Angel; el conjunto está pintado con esmero y el color evoca en mucho al de Tiziano".

LOS EFEBOS Y LAS HILANDERAS

Por la mente de Velázquez tampoco pasa desapercibida el legado del toscano. Durante los años de su formación, se inicia en el mundo de las artes copiando los modelos de Rafael y Miguel Angel. Como dato curioso se puede recordar que según los documentos de la época se tiene constancia de que el sevillano pide permiso para entrar en el Vaticano, con el fin de estudiar con mayor detenimiento las obras que alberga, y para residir en la villa de los Médicis.
Testimonio del período italiano son dos pequeños cuadros, con una técnica casi impresionista, en los que dibuja el jardín de los Médicis. En una de sus obras más monumentales, Las Hilanderas, el pintor toma como modelo para dibujar a las parcas, que aparecen en primer plano, a dos figuras de la Capilla Sixtina. El movimiento y la posición de las dos mujeres es una réplica casi exacta de los dos efebos que se alzan sobre la Sibila Pérsica. Así, los Ignudi, travestidos de mujeres, se transforman en las protagonistas del lienzo en el que Velázquez retrata a las encargadas de tejer el destino de los hombres.
En otra representación mitológica, recurre de nuevo al trabajo del toscano. La figura del dios de la guerra se alza triste y melancólica igual que la estatua de Lorenzo de Médicis adopta una actitud pensativa. La similitud entre la postura y la composición del Dios Marte y la de la escultura es total.
La presencia de Pier Puget, dentro de la escena barroca, obliga una vez más a hablar del efecto que causa en sus predecesores la personalidad del "escultor de Roma". La admiración de este autor por los maestros italianos le lleva a dar sus primeros pasos en la cuna del arte, Italia, donde se educa como pintor. Años más tarde, descubre su afición por la escultura, siendo su principal referencia Bernini y Miguel Angel.
Josuah Reynolds, perteneciente a la Escuela Inglesa del siglo XVIII, embarca a Italia y allí durante tres años se dedica a estudiar la producción de Rafael y del toscano, su favorito. Prueba de ello es el discurso que realiza cuando deja la presidencia de la Royal Academy. Sus palabras expresan de esta forma la pasión que siente por las creaciones del artista: "Siento una especie de admiración de mí mismo, al saberme capaz de percibir aquellas sensaciones que Miguel Angel se proponía despertar con sus pinturas. No sin vanidad, pues, expreso mi admiración por aquel artista divino".
El Romanticismo es una reacción frente al estilo neoclásico, como el Manierismo al Renacimiento. Las composiciones dinámicas y los temas comprometidos, son algunos de los rasgos más evidentes de este cambio. Delacroix, el mayor representante del Romanticismo, junto con Géricault, cuando contempla por primera vez el Moisés del mausoleo de Julio II afirma: "Con Miguel Angel ya se inicia, en realidad, el arte moderno". Una vez más el espíritu de sus composiciones prevalece sobre la forma.
Los representantes de las últimas tendencias del siglo XIX, lejos ya del clasicismo y en medio de una estética bien diferente, no olvidan el legado del italiano. A pesar de los cambios y de los nuevos conceptos que se imponen en el arte, autores de la talla de Odilon Redon continúan recreándose en las figuras de Buonarroti. Cuando el simbolista comienza a ensayar con la técnica del color pinta, en 1890, Los ojos cerrados, una obra inspirada en los sueños. El rostro de la modelo es el vivo retrato del Esclavo Moribundo. Una escultura que Odilon Redon nunca se cansaría de admirar en el Museo del Louvre.

REENCARNADO EN RODIN

Auguste Rodin, el Miguel Angel del siglo XX, como es de esperar es un gran admirador de la obra y del espíritu del florentino. Para el francés sus creaciones implican un alto grado de libertad: "A Miguel Angel le debo haberme librado del academismo, de él aprendí, mediante el estudio de sus obras, reglas diametralmente opuestas a las que (bajo la influencia de Ingres) me habían enseñado".
En sus desnudos, la expresividad de los rostros y en la naturalidad de sus modelos, se aprecia con toda claridad la influencia del italiano. Cuando realiza la Puerta del Infierno también se inspira en los versos de la Divina Comedia de Dante, como lo hizo Miguel Angel en la decoración del frontal de la Capilla Sixtina. Algunas de las escenas que esculpe en esta magnífica obra parecen poseídas por el ímpetu de los trabajos de Buonarroti. Los cuerpos desnudos que forman las escenas se agolpan unos sobre otros, en un verdadero estudio de anatomía.
Rodin, al contemplar la segunda serie de los cuatro prisioneros, interpreta la parte inacabada como lo material, frente a la espiritualidad de las zonas concluidas. Este es uno de los aspectos en los que también se percibe claramente como repercute la técnica de Miguel Angel sobre el escultor francés. Rodin aprovecha el efecto que provoca la irregular textura de la piedra sin trabajar, por lo que deja algunas de sus esculturas sin finalizar. Así, las formas de Danaide descansan en la piedra sin labrar, como El Pensador se alza sobre una base natural.
El escultor inglés Henry Moore también admite en su biografía tener influencias de varios artistas, entre ellos de Buonarroti. El humanismo y la monumentalidad de sus figuras coincide con la fortaleza de las estatuas de Miguel Angel, aunque desde una estética diferente.
La genialidad de Miguel Angel y su carácter polifacético, atraen la atención no sólo de artistas, sino también de destacadas personalidades de otros ámbitos. Sigmund Freud , en 1914, observar con detenimiento el rostro del Moisés y hace un comentario sobre su quietud. El psicoanalista estudia un diagrama de gestos e interpreta su estatismo como aquello que sucede después de un estallido de ira.
La permanencia de Miguel Angel en el tiempo es un hecho. Hoy, miles de visitantes acuden a Roma y a Florencia con el fin de contemplar la obra del artista. La huella que ha dejado la resume Giorgio Vasari, amigo y contemporáneo de Buonarroti: "Pero áquel que entre los muertos y vivos lleva la palma, que trasciende y a todos cubre, es el divino Miguel Angel Buonarroti, el cual no sólo posee el principado de una de las artes, sino de las tres juntas. El supera y vence no sólo a los que tan elogiosamente y fuera de toda duda la superan; él triunfa sobre éstos, aquéllos e incluso sobre ella..."

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