Bartolomé Esteban Murillo nació en la ciudad de Sevilla en los últimos días de 1617, siendo bautizado en la iglesia de la Magdalena el 1 de enero de 1618.
En el certificado de bautismo consta que sus padres se llamaban Gaspar Esteban y María Pérez, pero Murillo adoptaría el segundo apellido de su madre, el de su abuela materna, y con él se daría a conocer. A pesar de ser el último de catorce hermanos, se crió sin estrechez, pues su padre era un barbero cirujano de buen pasar.
El 25 de julio de 1627, cuando apenas Murillo había cumplido los nueve años y medio, muere su padre, y el 8 de enero del año siguiente también su madre.
Se ignora si vivían algunos de los hermanos mayores que hubieran podido hacerse cargo de la tutoría del joven Bartolomé, pero lo cierto es que ésta es confiada a su cuñado Juan Agustín Lagares. Lagares era cordobés, de Baena, y barbero cirujano nacido hacia 1601. Se había casado con una hermana de Murillo ya viuda, Ana, en 1625.
Además de su cuñado y de su hermana, el joven Bartolomé compartiría hogar con los dos hijos del primer matrimonio de Ana con Cristóbal Sánchez Carrascoso en 1617, Luis y Tomasa algo más jóvenes que él, y Juana, hija del nuevo matrimonio de Ana con Lagares.
Los años de adolescencia y primera juventud de Murillo, aunque huérfano desde antes de cumplir los diez, no transcurren pues en un ambiente de frío desafecto, sino al lado de una hermana bastante mayor que él que le sirve de segunda madre y del marido de ésta, que probablemente le profesa un amor paternal, pues seguirá ejerciendo la tutoría una vez viudo y casado en segundas nupcias. Por otra parte el nuevo hogar, aunque no era de gran holgura económica, no debía de ser tampoco de gran estrechez y, sobre todo, era de un bienestar tal vez similar al del paterno donde Murillo había transcurrido su niñez.
Hasta este siglo no hemos sabido cómo el ambiente de aventura americana imperante aún en la Sevilla de la primera mitad del siglo XVII hizo mella en el ánimo del joven Murillo. Un documento del Archivo de Protocolos manifiesta el propósito de Bartolomé Esteban Murillo hacia 1633 , con casi dieciséis años, de pasar a Tierra Firme. Dicho escrito afirma que el joven pintor decidió embarcarse camino de las Indias junto con una de sus hermanas, el marido de ésta y un primo, que serían María de Murillo y su esposo el doctor Gerónimo Díaz de Pavía, y el primo hermano de Murillo, Bartolomé Ortiz.
Se ignoran los motivos concretos que pudieron impulsar a Murillo a un traslado a las Indias ni la parte que en ello pudieron tener sus familiares.
Sin embargo, sólo se sabe de su intención, y nada de si se llegó o no a realizar, pues, en el caso de que llegara a partir, debió de regresar muy pronto.
Otros miembros de la familia, con el transcurrir del tiempo si emprenderían el gran viaje. Es el caso de su hijo Gabriel quien, en 1678, partió a Tierra Firme, la actual Colombia, donde terminaría su vida con prosperidad.

 

No existen documentos que confirmen la fecha en la que Bartolomé Esteban Murillo iniciara su aprendizaje, aunque todo parece indicar que fue en 1633, poco después de su supuesto viaje a las Indias. Así, sería con casi dieciséis años, cuando Murillo entraría en el taller del pintor Juan del Castillo, donde permanecería hasta 1638, cuando, según parece, Castillo dejó Sevilla definitivamente para establecerse en Granada y Cádiz.
La elección de Castillo como maestro bien pudo estar dictada, como señaló Palomino, por ciertos vínculos de familia, pues al parecer estaba casado con una hija de Antonio Pérez, hermano de la madre de Murillo, siendo así, además de su maestro, su primo político, aunque probablemente la diferencia de edad explicase la relación de maestro a discípulo.
Juan del Castillo no era un pintor descollante, sino más bien de segunda fila de la pintura sevillana, pero su estilo era lo suficientemente 'moderno', su trabajo era respetado y solicitado, y a la sazón tenía en su taller a Alonso Cano en calidad de colaborador distinguido. En conjunto, reunía las mejores condiciones para poder dar a su joven primo político la instrucción técnica y la práctica de taller que Murillo necesitaba para hacerse maestro independiente. Es de prever que, una vez que nuestro pintor salió del taller de Castillo, empezara a formarse en su propio estilo.
En 1642 un antiguo compañero de taller, Pedro de Moya (1610-1666), que regresaba a Inglaterra, pasó por Sevilla camino de Granada. Moya había estado antes en Flandes, donde quedó impresionado con la pintura de Van Dyck. Fue este deseo de trabajar con el maestro flamenco lo que le llevó a Inglaterra, con la mala fortuna de que Van Dyck muriera a poco de su llegada a Londres. De esta forma, lo único que pudo llevar Moya consigo a España fueron algunas copias de obras del flamenco.
Es muy posible que el entusiasmo de Moya por el arte flamenco impulsaran a Murillo a viajar por estas fechas. Todo parece indicar que el joven pintor salió de Sevilla, si no hacia Italia y Flandes, sí al menos hacia un lugar donde pudiera familiarizarse con el arte de esos dos países: la corte real de Madrid.
Aunque no ha sido posible verificar este viaje a la corte, Ceán Bermúdez señaló que se realizó en 1642 y pormenorizó que Murillo visitó a Velázquez, quien le recibió cordialmente, invitándole a residir en su casa y también facilitándole la visita a las colecciones pictóricas del Palacio Real, del Buen Retiro y de El Escorial. Igualmente señala Ceán que Murillo pidió a Velázquez cartas que le sirvieran de ayuda en un viaje a Italia, que pensaba realizar pero que nunca llegó a emprender.
De lo que no cabe duda, es de que Murillo se encontraba en Sevilla el 7 de febrero de 1644, puesto que en esta fecha es recibido como hermano en la Cofradía del Rosario de la iglesia de la Magdalena.

El año de 1645 abre una nueva era en la vida familiar de Murillo. El 26 de febrero, cumplidos los veintisiete, contrae matrimonio en la misma iglesia de la Magdalena en que fuera bautizado con doña Beatriz Cabrera y Villalobos, que residía también desde hacía tres años en la collación de la Magdalena.
Las familias de ambos contrayentes se conocían de antiguo y es posible que en principio concertaran la boda sin consentimiento total de la novia, porque ésta, al realizarse la petición de las amonestaciones, el 7 de febrero de ese mismo año, declaró llorando que la obligaban a casarse en contra de su voluntad, lo que motivó la suspensión del enlace. Sin embargo, seis días después, rectificó sus declaraciones y manifestó sus deseos de casarse, por lo que finalmente el matrimonio fue autorizado. Sobre este episodio se ignora la causa que motivó la primera negativa de la novia, así como las circunstancias que le movieron a cambiar de opinión en tan pocos días. Estos dubitativos comienzos del enlace no motivaron que los novios se consolidaran en una pareja en apariencia armoniosa y perdurable, en cuya estabilidad debió influir la buena posición social que enseguida alcanzó el pintor, con la consiguiente prosperidad económica que repercutió sobre la pareja.
Muy pronto Beatriz Cabrera y Bartolomé Murillo comenzaron a tener descendencia, que con el paso de los años llegaría a ser muy numerosa. En 1646 nacería su primera hija, María, y un año después, José Felipe. De ninguno de los dos se encuentran noticias posteriores, por lo que debieron de morir a edad temprana.
De 1646 es también la noticia del ingreso en la casa de Murillo de un joven aprendiz, Manuel Campos, quien se contrató para permanecer durante seis años en el taller del maestro.
Pronto Murillo, y sobre todo por el gran conjunto que emprendió para el claustro del convento de San Francisco, se dio a conocer, comenzando una intensa actividad pictórica. Es muy posible que por esta razón la casa donde vivía, junto al convento de San Pablo, se quedase pequeña, al carecer de habitaciones suficientemente amplias para servir de taller. Ello debió motivar al artista a buscarse una nueva casa, circunstancia ésta que habría de repetirse varias veces a lo largo de su vida. Este primer cambio lo hace en 1647 a la calle Corral del Rey en la parroquia de San Isidoro. En esta iglesia sería bautizado en 1648 su tercer descendiente, Isabel Francisca y, en 1650, el cuarto, José Esteban. Es muy probable que la peste que asoló a la ciudad sevillana en 1659 se cobrara las vidas de los tres primeros hijos de este matrimonio, pues en el registro de San Isidoro sólo figura el nombre del cuarto, José.
Cerca de cuatro años vivió la familia de Murillo en este segundo domicilio sevillano, pues en 1651 aparece ya residiendo en la parroquia de San Nicolás, en la que permaneció hasta 1657, si bien cambió de domicilio dentro de la misma parroquia. Durante estos seis años nacieron nuevos hijos del matrimonio, y así en 1651 fue bautizado Francisco Miguel, dos años más tarde Francisco Gaspar, en 1655 Francisca María y en 1657, Gabriel. La intensa mortalidad infantil que se registra en esta época sería el motivo del temprano fallecimiento de dos de sus hijos en 1652 y 1655, posiblemente Francisco Miguel y Francisco Gaspar. También la muerte se llevaría poco antes de 1656 a su hermana Ana y, en este mismo año, a su cuñado Juan Agustín Lagares, los cuales habían sido para Murillo sus segundos padres a raíz de quedarse huérfano en 1528.

El sueño del Patricio

Antes del traslado de Murillo y su familia a la parroquia de San Bartolomé, en 1663, fue importante en su vida el viaje realizado en 1658 a Madrid, donde consta su presencia en el mes de abril de dicho año. Se ignora en qué circunstancias y en qué fecha exacta se realizó el viaje, ni tampoco cuando regresó a Sevilla, pero a finales de este mismo año consta otra vez la presencia de Murillo en Sevilla, ya que aparece registrado en un nuevo domicilio en la parroquia de Santa Cruz. Allí bautizaría a su último hijo, Gaspar Esteban, que con el tiempo sería canónigo de la Catedral de Sevilla.
Pero, como hemos dicho con anterioridad, en 1663 Murillo y su familia se trasladan a la parroquia de San Bartolomé, donde pasarán casi dos décadas. Por estos años Murillo ya es el primer pintor de Sevilla, por lo que además de multiplicarse su fama, también lo hacían sus ingresos, sobre todo gracias a la clientela eclesiástica.
Pero en estos años, la creación de una Academia de pintura en Sevilla, es un logro fundamental de Murillo. Esta Academia donde se perfeccionaban los pintores, retablistas, escultores y decoradores sevillanos, se constituyó en el 1660, siendo Murillo uno de sus principales promotores. Los dos primeros presidentes de la misma fueron Francisco Herrera el Joven y Murillo, aunque el primero dejó de serlo en ese mismo año al marcharse a la Corte de Madrid. El segundo dejaría de serlo en 1663, ya que figura como tal Sebastián de Llanos Valdés, a quien sucedería, a su vez, Valdés Leal. Según Palomino, el motivo que indujo a Murillo a abandonar la Academia fue la diferencia de criterios y opiniones con Valdés Leal, del que asegura que no podía soportar su altivo carácter.
Permaneció también Murillo a la Hermandad de San Lucas, que acogía a todos los pintores sevillanos en su capilla situada en la iglesia de San Andrés.
Pero volviendo a 1663, es preciso señalar que es en este año cuando Beatriz Cabrera, esposa de Murillo, muere con tan sólo cuarenta y un años, coincidiendo con su último parto. Será a partir de este momento cuando Murillo viva en la parroquia de San Bartolomé, en la calle San Jerónimo.
Acompañado por los cuatro hijos que le quedaban, Francisca María, José, Gabriel y Gaspar, Murillo quedó viudo para toda su vida.
Durante los años de San Bartolomé, Murillo realizó muchos y diferentes trabajos. En la década de los 70 inició los trabajos vinculados a las ceremonias de canonización de Fernando III, y se cuenta que su fama había llegado a la Corte y que Carlos II le pidió que se trasladase a Madrid, a lo que él contestó que ya tenía demasiada edad para eso.
En 1680 abandonaría esta parroquia para irse a la de Santa Cruz, donde permanecería hasta el fin de sus días.

Patricio Juan y esposa con el Papa Liberio

Tenemos ahora a un Murillo de sesenta y cuatro años, viudo y sólo, puesto que los hijos que le quedaban habían ido abandonando el hogar paterno. Estamos en 1681 y nuestro pintor aparece ahora registrado en la parroquia de Santa Cruz, en la que sería su última casa. En ella realizaría también el que fuera su postrer encargo pictórico, que no llegó a terminar: las pinturas del retablo de los Capuchinos en Cádiz, que debió de comenzar a finales de 1681 o principios de 1682.
Según relata Palomino, Murillo se encontraba pintando el retablo de los Capuchinos de Cádiz, obra de grandes dimensiones para la cual requería de un andamio para ejecutar las partes superiores. Estando el pintor subido a dicho andamio, tropezó y cayó, lo que provocó que se le saliesen los intestinos como consecuencia de una hernia anterior que padecía. Esto, al parecer, le llevó a la muerte, pero no en el acto, ya que Murillo, aunque maltrecho, sobrevivió unos meses más.
El 3 de abril de 1682 Bartolomé Esteban Murillo dijo adiós a la vida, de la que se despedía ya muy falto de fuerzas. Su última voluntad fue que se le enterrase en su parroquia de Santa Cruz y que se le dijeran misas en dicha iglesia y en la del Convento de la Merced.
A penas terminar de dictar su testamento le faltaron fuerzas para seguir hablando y murió breves instantes después. Al día siguiente, el 4 de abril, fue enterrado tal y como él había pedido. Esta iglesia, la de Santa Cruz, desapareció durante la ocupación francesa en Sevilla, y su solar lo ocupa actualmente la plaza de Santa Cruz, en cuyo subsuelo y en lugar ignorado reposan los restos del gran pintor.

 

 

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