El estilo de Murillo

Gracias a los dos autorretratos que se han conservado de Murillo podemos describir, al menos, su luz exterior: persona de rostro de rasgos regulares, de nariz recta ligeramente apuntada en su terminación, de ojos oscuros, de cejas arqueadas y de mirar intenso y penetrante. Sus labios no son ni delgados ni gruesos, y posee una frente despejada con una buena entrada en la cabellera.
Su temperamento debió estar presidido por la calma y la serenidad, siendo persona de talante apacible, y considerado por aquellos que le conocieron como hombre modesto y nada pretencioso: "no sólo favorecido del cielo por la eminencia de su arte, sino por las dotes de su naturaleza: buena persona y de amable trato, humilde y modesto, tanto que no se desdeñaba de tomar corrección cualquiera", nos dejaba Palomino de testimonio. Su comportamiento en la Academia y haber contemporizado al menos durante algún tiempo con personas de genio tan violento como Valdés Leal, parece corroborar esa bondad que en él encarece Palomino.
Uno de los rasgos más notables de su perfil humano, al parecer, fue la modestia. El poeta barroco Torre Farfán, escribía refiriéndose a la Concepción expuesta en 1664: "estudio modelado con particular desvelo, de Bartolomé Murillo, mano tan grande por lo que alcanza estudiosa, como por la modestia que alcanza natural".
Y si la modestia caracterizó a Murillo, declaraciones de Palomino atestiguan que la honestidad también fue uno de sus rasgos predominantes: "Fue también nuestro Murillo tan honesto, que podemos decir que de pura honestidad se murió". Añade que cuando al caer el andamio se le cayeron los intestinos, "por no manifestar su flaqueza, no dejarse reconocer por su mucha honestidad, se vino a morir".
También fue Murillo persona dotada de un trato afable que le permitió conectar perfectamente con una amplia clientela, en la que destacaron numerosos eclesiásticos y aristócratas. Entre ellos cabe destacar a don Miguel de Mañara, caballero de la orden de Calatrava, con el cual mantuvo una estrecha amistad, llegando a apadrinar éste a dos de los hijos del pintor.
Y de la nobleza de su carácter y de su buen corazón se nos muestra igualmente cuando habiendo cometido su esclavo de diecinueve años, Juan de Santiago, falta tan grande que tiene que encarcelarlo, en atención a haberlo criado no quiere venderlo y le concede la libertad a condición de que abandone Sevilla y no regrese mientras él no se lo permita. Igualmente su buen corazón le llevó a la práctica de la caridad asistiendo a enfermos o repartiendo pan entre los pobres de su parroquia.

Niño asomado a una ventana
Niño espulgandose


De carácter sosegado, viudo a los cuarenta y cinco años, persiste en su viudez en los otros casi veinte años que le restan de vida. No quiso volver a contraer matrimonio pensando quizá que su vida estaba ya configurada de forma definitiva, lo que le motivó una progresiva soledad, ya que de los tres hijos que le quedaron en su hogar una vez viudo, dos siguieron la carrera religiosa y el tercero embarcó viaje a las Indias.
Si la obra pictórica de Murillo nos descubre su sensibilidad artística y el mundo por él soñado, su interés por la creación de la Academia nos habla de sus inquietudes espirituales de tipo intelectual. No sólo pinta, sino que siente el deseo de fomentar el cultivo del arte. Aunque en el inventario de bienes realizado tras su muerte no se encuentran amplias lecturas, sí figuran en la librería de su hijo el canónigo, que seguramente heredaría de su padre, y que hacen pensar que se interesó por tratadistas de arquitectura como Vitrubio y Vignola, o varios de pintura.
Es de destacar también la afición de Murillo hacia las antigüedades, especialmente las monedas romanas, gusto en el que al posible interés del coleccionista se uniría también el goce en la contemplación de los bellos retratos de las acuñaciones imperiales.
Nada hay en su persona que destaque sobremanera; no hay rasgo específico que haya pasado por el tiempo como algo excepcional o fuera de lo común. Y, sin embargo, contemplando el todo y no las partes, sí hallamos a una persona, a un artista con una fuerte luz interior, como una sombra en la tierra que se hace luz en el cielo. Es Bartolomé Esteban Murillo, que sí que supo de manera extraordinaria plasmar en sus lienzos este baile de luces.

Autoretrato

No es fácil describir la personalidad de nadie en unas líneas, y menos cuando la vida de esa persona transcurrió hace tres siglos. Podemos esbozarla, como se ha hecho en el epígrafe anterior, gracias a los testimonios y documentos que sus contemporáneos dejaron y que han sobrevivido hasta nosotros.
Pero sí que podemos hablar de los seres, hechos y cosas que rodearon la existencia de Murillo y, de esta manera, acercarnos algo más a su persona.
Por ello, en este punto hemos creído oportuno dar unas breves pinceladas de lo que fueron sus hijos, porque, como dice el refrán, "de tal palo tal astilla".
De los nueve o diez hijos que tuvo Murillo, nacidos todos ellos antes de 1663, año en que fallece su esposa, al morir él, cerca de veinte años más tarde, sólo continúan viviendo tres: Francisca María, Gaspar y Gabriel.
Francisca María, nacida en 1655, profesa el 1 de febrero de 1671 en el convento de religiosas dominicas de Madre de Dios. Había sido llevada al convento a fines de 1668 o comienzos de 1669 por su prima Tomasa Murillo. El día anterior a su profesamiento, sor Francisca de Santa Rosa, su nombre de novicia, haría testamento a favor de su padre. El nombre de Santa Rosa tomado por su hija dará un hondo contenido afectivo a los cuadros de la santa limeña que pinta Murillo por estos años.
Como es natural, el pintor no olvida a su hija, recluida tan joven en el convento. Prueba de ello es la donación que Murillo hace al convento de Madre de Dios de una esclava para el servicio de su hija y de la priora.
Pero no se volverá a saber nada de sor Francisca de Santa Rosa hasta que su padre la cita en su testamento y muchos años después cuando ella misma fallece en 1710.
En cuanto a Gabriel, es bautizado el 20 de marzo de 1657 en la iglesia de San Nicolás, en cuya parroquia vive Murillo algunos años. Gabriel Murillo vive aún en compañía de su padre en 1678, año en el que pasa a las Indias, donde el 17 de abril aparece como residente en Santa Fe de Bogotá y recibe el nombramiento de corregidor del pueblo de Ubaque por unos dos años.
Se ha admitido que Gabriel Murillo cultivó la pintura y, como es natural, es posible que tuviera algunos conocimientos aprendidos de su padre. Aún así, no existe ningún testimonio concreto y seguro que lo acredite.
Quizá Gabriel heredó de su padre el espíritu inquieto que años antes motivara a Murillo a trasladarse a las Indias, aunque en este caso el viaje fue certero y duradero.
Por último, Gaspar Esteban recibiría las aguas bautismales el 22 de octubre de 1661 en la parroquia de Santa Cruz. Sentiría pronto la vocación eclesiástica que su padre debió de inculcarles y en 1675, es decir, a los catorce años, se ordenaría.
Asegura Palomino que "también pintó excelentemente", y nada de extraño sería que aprendiese, igual que Gabriel, de su padre en su juventud al menos los rudimentos de ese arte.
No cabe duda que los descendientes de Murillo supieron heredar de éste sus grandes virtudes. La caridad y la devoción que sentía Murillo fue continuada por al menos dos de sus hijos; su magistral forma de pintar, lamentablemente, no pudo ser así, aunque, como hemos visto, algunos de sus hijos que continuaron cultivando este arte, bebieron de la sensibilidad de su progenitor.

Imposición de la Casulla a San IIdefonso
La inmaculada de Aranjuez
Magdalena penitente

Igual que ocurría con el punto anterior, quizá el conocer el entorno doméstico del pintor, sirva para esclarecer, en cierta forma, su personalidad, ya que ésta se halla compuesta de muchos factores, entre los que figuran las maneras de vida de esa persona. Así, si en el epígrafe que precede a éste hemos hecho alusión a los hijos que vivieron durante más tiempo y que, por lo tanto, compartieron con él más momentos, ahora nos referimos a sus servidores y aprendices, ya que, junto con él, fueron protagonistas de su vida íntima.
Después de la muerte de doña Beatriz, esposa de Murillo, la mujer de más representación en la casa del pintor es doña María de Ribera, que figura en los padrones de 1664 y 1665. Podría ser una especie de encargada de la casa que vendría a desempeñar el papel de su difunta esposa en cuanto a las labores domésticas.
En 1664 tiene Murillo a sus órdenes a la esclava mulata Juana de Santiago pero que, al año siguiente, ya no figura en la casa, seguramente por defunción. En cambio, aparecen Mariana de Ribera, posiblemente pariente de la primera, y Juana de Luna, seguramente ambas en funciones de esclavas.
En 1666 tanto María de Ribera como Mariana de Ribera ya no aparecen empadronadas en la casa de Murillo, y en su lugar lo hace María de Castro. Con su presencia desaparece el último criado de la casa, Tomás de Santiago, hijo de la esclava Juana.
Respecto a los posibles aprendices del arte de Murillo, figuran, en la década anterior, Juan Jacinto Guerra, Juan López Carrasco y Martín de Atienza, que por 1662 ya son miembros de la Academia, posiblemente por la recomendación del maestro.
En los padrones de los años 1664, 1665 y 1666, ya no figuran los tres hombres anteriores y, por el contrario, sí aparece un nuevo aprendiz, Diego García.
No tuvo Murillo, como puede comprobarse, ningún discípulo que luego despuntase en la pintura. Fueron artistas de la segunda fila en Sevilla.

 


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