Su obra

 

Sevilla había sido en el siglo XVI la ciudad más rica, popular y de vida comercial más intensa de España. Su puerto, gracias al monopolio del comercio americano, era uno de los más importantes de Europa, y gracias a ese comercio la ciudad más cosmopolita y bulliciosa del país.
Durante el primer cuarto de siglo XVII, el que precede al nacimiento de Murillo, es decir, bajo el reinado de Felipe III, las flotas continuaban trayendo cantidades ingentes de plata.
Pero cuando Murillo viene al mundo, en los últimos días de 1617, la decadencia política, económica y social de la monarquía española y de su imperio, unida a ciertos reveses de fortuna de la propia ciudad, trajo consigo un deterioro demográfico y mercantil que afectaría asimismo a su vida cultural.
En 1640 la monarquía española entraba en una de sus crisis más graves. En ese año se sublevaron Portugal y Cataluña, a las que seguirían Sicilia y Nápoles en 1647. La corona hubo de declararse en quiebra en 1647, y nuevamente en 1653. En 1657 los ingleses apresaron la flota que traía las remesas de plata de las Indias, y en los dos años siguientes España se vio privada de la plata americana. La sublevación de Cataluña y la revuelta del Reino de las Dos Sicilias fueron sofocadas, pero la rebelión portuguesa acabó en 1668 con la concesión en 1668 de su independencia. Sevilla había cargado buena parte del peso de la guerra con Portugal, y al término del conflicto su economía local y sus recursos humanos estaban exhaustos.
La decadencia económica de la ciudad se vio acelerada por el traspaso del comercio de Indias a Cádiz que, iniciado en 1648, se intensificó en 1659. El crecimiento consiguiente de Cádiz se haría a costa de Sevilla, contribuyendo a empobrecerla.
Por otro lado, y más en un plano social, la primavera de 1648 trajo con su llegada un brote grave de peste bubónica, que comenzó a diezmar el litoral sudoriental de la península, atacando primero a Alicante y Málaga, y que llegó a Sevilla a finales de ese año. La población sevillana quedó rápidamente reducida a la mitad, a unos 65.000 habitantes. En 1651, y en parte a consecuencia de los efectos de la epidemia, la ciudad pasó por un período de hambre, y al año siguiente, la escasez de alimentos -principalmente de pan- llegó a provocar un estallido de violencia popular en el Barrio de la Feria, que hubo de ser reprimido por la fuerza.
En las décadas de 1670 y 1680 Sevilla iba a experimentar nuevas catástrofes. Los años de 1678 y 1679 fueron de extrema penuria, ocasionada por un brote menor de peste y la consiguiente escasez. En 1680 un terremoto destruyó unos doscientos edificios, y aunque la peste había desaparecido para 1682, fue seguida por otra epidemia que duró hasta 1685.
Coincidiendo con el proceso de decadencia política y económica de España en el siglo XVII, la vida intelectual española se vio ahogada por los designios de la Contrarreforma y su rígido control del pensamiento. Ese control lo ejercían conjuntamente Iglesia y Estado con un objetivo: la unidad religiosa. La inspección inquisitorial de toda actividad intelectual, y la prohibición general de que los españoles estudiaran en el extranjero e importaran libros, fueron las manifestaciones más evidentes de esa política.

La Europa postrenacentista del siglo XVII experimenta una grave crisis económica cuyo principal detonante hemos de buscarlo en el escaso rendimiento de la agricultura, que seguía empleando los mismos utensilios y técnicas que en épocas más arcaicas. Los fantasmas que amenazaron a la Europa del XVII fueron el hambre y la miseria de enormes masas de población. En el aspecto político, los monarcas pretendieron lograr un poder absoluto sobre todos los recursos y vasallos de las naciones que gobernaban. Las frecuentes revueltas de mediados de siglo son un claro exponente del malestar que imperaba entre los súbditos ante ciertas legislaciones y medidas absolutistas de sus soberanos.
En este siglo, las monarquías autoritarias del Renacimiento se transformaron en monarquías absolutas, que se presentaron en diferentes versiones. En Francia culminó con el reinado de Luis XIV tras un período de preparación de dos inteligentes validos, el cardenal Richelieu y Mazarino. Luis XIV crearía en Versalles un ambiente en que todo giraría alrededor de su persona.
En cuanto al absolutismo inglés, contó con la oposición de la tradición parlamentaria. El rey Carlos I tuvo que aceptar el continuo enfrentamiento de los nobles parlamentarios y de los burgueses de las ciudades comerciales. Esta rivalidad entre ambos grupos permitió el triunfo de Cromwell quien, imbuido de sus ideales puritanos, se creía iluminado por Dios para efectuar una revolución e implantar una fuerte dictadura en Gran Bretaña.
Cuando los Estuardo fueron restaurados el Inglaterra, la pugna siguió entre los aspirantes absolutistas de esa dinastía y las instituciones parlamentarias.
En cuanto al absolutismo español, tomó características propias: los últimos monarcas españoles de la casa de Habsburgo gobernaban a través de validos o favoritos a quienes ceden el pleno poder. Estos no se preocupaban por agilizar la administración española en sus aspectos políticos y económicos, sino que cada vez se imponía más la burocracia y la lentitud en la resolución de los problemas.
En Castilla, reino en el que estaba el peso tributario de la monarquía, no existió una burguesía floreciente que ayudara económicamente al Estado y que se responsabilizara del eficaz funcionamiento de la administración. Los últimos Habsburgo soportaron el peso político y financiero de un imperio que se desmoronaba.
En cuanto a las relaciones internacionales europeas en el siglo XVII, habitualmente bélicas, giraron en torno de varios ejes. La labor de Francia para debilitar la hegemonía europea de los Habsburgo fue incesante, alcanzándose en parte su objetivo con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Así, Francia logró que intervinieran contra esta dinastía española y austríaca los príncipes protestantes alemanes.
Tras las primeras victorias españolas, las de Breda y Norlingen, las acciones terrestres francesas y las marinas holandesas minaron las fuerzas imperiales, y las sucesivas derrotas debilitaron la confianza en los tercios españoles. La Paz de Westfalia supuso el final del predominio de los Habsburgo en los asuntos de Alemania, y el inicio de una lucha por el poder en el espacio del Mar Báltico.
Por su parte, la pugna entre España y Francia continuaría hasta la Paz de los Pirineos, en 1659, que significó el comienzo del la supremacía francesa.

Las bodas de Caná

 

San Diego da de comer a los pobres

En general, el Barroco se caracteriza en toda Europa por la gran inseguridad que preside la vida, que viene motivada por una serie de crisis que abarcan todos los aspectos del quehacer humano.
Desde un punto de vista demográfico, el hambre y las malas cosechas periódicas, a las que se añade las fuertes epidemias, produjeron cantidades ingentes de muertes. Y todos los factores se unían y eran consecuencias unos de otros. La sociedad europea, basada principalmente en la agricultura, tuvo pésimas cosechas, lo que produjo una población mal nutrida y, por tanto, mucho más propensa a contraer cualquier tipo de epidemia.
La mayor parte de los terrenos europeos habían alcanzado la fase de saturación en su rendimiento, de forma que los campesinos cultivaban sobre todo cereales secundarios o pobres -centeno, cebada,...- porque crecían en tierras mediocres. El promedio de vida descendió vertiginosamente a una media de treinta años.
Hay que añadir, además, a estos aspectos de miseria las consecuencias de las guerras, no tanto por las pérdidas directas de vidas humanas en los combates, sino por los saqueos, botines y destrucciones de las cosechas de regiones enteras de Europa.
Otra causa de miseria lo fueron, en la Europa del XVII, las fluctuaciones de los precios. A mediados del siglo se apreció un fuerte descenso en la cantidad de metales preciosos que llegaban de las Indias a España, lo que provocó una escasez de moneda o una devaluación de ésta, cuyas consecuencias fueron las alteraciones de los precios, que tras brutales subidas experimentaban caídas asombrosas, con el consiguiente desajuste económico para productores y consumidores.
En cuanto a la industria, habría que señalar que, junto con la figura del maestro artesano con su pequeño taller, nacieron también las grandes empresas que necesitaban muchos obreros: minerías, astillerías, etc., a menudo bajo el control estatal en lo referente al trabajo y las condiciones del mismo.
Para el comercio a grandes distancias se fundaron en el siglo XVII las Compañías comerciales. Las había de dos tipos: las compañías de comercio creadas para una determinada expedición y que se disolvían concluida ésta, y en las que participaban los burgueses que arriesgaban su propio dinero y se enriquecían o arruinaban según el resultado de la empresa. Es decir, la sociedades que gozaban de protección del gobierno de su país, con un monopolio comercial en una zona determinada para ciertos productos comerciales, y las compañías de comercio por acciones, en las que el capital era aportado por ciudadanos particulares.

Retrato de Don Antonio Hurtado
San Isidoro

 

La estructura social del siglo XVII estaba configurada por varias clases sociales. El campesinado era la clase que más sufría las crisis agrícolas y las grandes hambres. Sobre ella gravitaban la mayor parte de los tributos al Estado, ya que la nobleza y el clero estaban exentos de tal pago. Además de estos impuestos, en muchas regiones quedaban unas cargar tributarias herencia del feudalismo, los censos, que contribuían a endurecer más aún la situación de los agricultores.
Por otro lado estaba el pequeño artesanado, que paulatinamente se iba sometiendo a las exigencias de los burgueses, poseedores del capital.
La burguesía comercial, por su parte, a menudo se había enriquecido recientemente y no podía aspirar a una gran categoría social, que estaba reservada a la nobleza.
En cuanto a la nobleza, cabría distinguir a una gran nobleza terrateniente, que luchaba por mantener sus privilegios y sacar rendimiento a sus tierras; y una pequeña nobleza, con menos medios de vida y menos títulos, que entraba al servicio del rey y que se movía en círculos cortesanos en busca del favor real.
Aunque de manera muy general hemos descrito cómo se articulaba la sociedad en la Europa Barroco, es conveniente que precisemos algo más para el caso de España y, en particular, en la Sevilla de Murillo.
Por debajo de las familias de la antigua nobleza, alguna de las cuales por motivos diversos trasladan su residencia a la Corte de Madrid, existe en Sevilla una capa social de particular importancia creada a la sombra de la prosperidad comercial del siglo anterior. Es la de los poderosos comerciantes que terminan titulándose y enlazando con las familias nobles, que por su parte, aunque para no menospreciar su prestigio social lo hacían por medio de intermediarios, también practicaban el comercio. Muchos de estos comerciantes son extranjeros, sobre todo flamencos e italianos.
Los cargadores, sobre todo de Indias, los corredores, los compradores de plata, etc., constituyen las principales profesiones de esa activa clase de los comerciantes.
En nivel medio social y económicamente más bajo se encuentran los artesanos agrupados en sus gremios o hermandades, como los tejedores de seda, los sastres o los plateros. Estos últimos solían gozar de estimable holgura económica y se esforzaban mucho por defender y elevar su prestigio social. En un memorial de fines de siglo llega a leerse que el oficio de platero "lo ejercen personas muy nobles, caballeros de hábitos y vizcaínos de toda integridad".
Por último, en la más baja escala social, como fuera natural en aquella época, figuran los esclavos y entre ellos los más numerosos son los de piel negra, en su mayor parte dedicados al servicio doméstico. Bautizados sin dificultad, en general, recibían un trato soportable y relativamente humano.

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