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¿De dónde salen nuestro nombre y apellido? ¿Se pueden cambiar?

Recuerdo que cuando comencé con mis primeras columnas jurídicas de radio, en las que iba tocando distintos temas, un día decidí hablar de nuestra ley sobre el nombre y apellido y confieso que no pensaba que fuera a interesar demasiado a los oyentes.

Para mi sorpresa fue uno de los temas que más comentarios generó, lo que se ha reiterado las veces en que lo volví a tocar y lo que me impulsó a tratarlo hoy aquí.

Debo empezar diciendo que tenemos una ley específica que regula todo lo relativo al nombre y apellido, que es bastante minuciosa y es de junio de 1969 (dictada por Onganía, una verdadera ironía que el principal aspecto de la identidad de las personas esté regulado por una ley de facto).

Empezando por el nombre de pila, vale como curiosidad destacar que hasta el año 1984, hacer relativamente poco, lo elegía en primer lugar el padre; desde ese año- cuando se dictó la ley de Patria Potestad que igualó derechos de padres y madres- lo elijen entre ambos y sólo a falta, impedimento o ausencia de alguno de ellos lo elige el otro y a falta de ambos, la persona que hubieren autorizado y si no, ya entra el Estado.

Una vez más, nuestra ley es excesivamente intervencionista y nos quita libertad para elegir libremente los nombres, estableciendo reglas bastante estrictas (les sugiero leer la historia sobre ésta cuestión que cuento al final).

De esa manera no pueden inscribirse nombres extravagantes o ridículos (Júpiter, María Tranquila), contrarios a nuestras costumbres, dudosos respecto al sexo (Andrea, Crisitian, aunque sí José María, Luis María o María José) o que expresen tendencias ideológicas (Ateo).

Tampoco se pueden poner nombres extranjeros, salvo que estén castellanizados por el uso o sean los nombres de los padres y siempre que sean de fácil pronunciación, lo que en mi opinión es claramente inconstitucional y contrario al generoso llamado que hace la Constitución Nacional a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.

La ley también prohíbe poner apellidos como nombres de pila y poner primeros nombres idénticos a hermanos vivos, aunque esto último evidentemente no se cumple (las Trillizas de Oro se llaman todas María), ya que en ese caso no hay lugar a equívocos(además de que el empleado del Registro Civil no tiene forma de chequear si hay otros hermanos y como se llaman).

Sí puede ponerse el mismo nombre de un hermano muerto.

Finalmente, no se pueden poner más de tres nombres de pila, lo que sí se cumple (aunque últimamente parece irrelevante porque pareciera que la mayoría de los padres está optando por ponerle un solo nombre de pila a su hijo).

Vamos ahora a la parte más interesante, la del apellido.

¿Qué reglas se siguen para decidir el apellido de una persona?

Para la ley depende de si son hijos matrimoniales o extramatrimoniales (como los de una madre soltera o un concubinato).

Los hijos matrimoniales llevan el primer apellido del padre y a elección de ambos padres puede agregarse como segundo apellido del hijo el segundo del padre o el primero de la madre (recordemos brevemente que en esta parte de la ley hubo un agregado con motivo de la reciente ley que incorporó el matrimonio homosexual, cosa que tratamos en el artículo anterior).

En el caso de los hijos extramatrimoniales hay algunas vueltitas más complicadas.

Si el hijo es reconocido por los dos padres simultáneamente lleva el apellido del padre y puede agregar el de la madre, igual que en el caso anterior.

Si es reconocido primero por el padre tampoco hay problemas y se sigue el mismo mecanismo.

En cambio, si el hijo es reconocido primero por la madre y después por el padre, se puede complicar un poco porque si bien se sigue con el mismo principio, si el chico fuese públicamente conocido por el apellido de la madre, puede pedir autorización judicial para mantenerlo.

En caso de que los padres le hayan puesto un solo apellido, el propio hijo tiene la opción de agregarse el segundo (el segundo del padre o el primero de la madre) después de los 18 años, aunque hay una diferencia si el hijo es matrimonial o extramatrimonial.

En el primer caso puede agregarse el segundo apellido en cualquier momento de su vida, pero en el primer caso solo tiene dos años desde que cumplió los 18 o desde que lo reconoció el padre si el reconocimiento fue posterior.

Esta diferenciación me parece una discriminación claramente inconstitucional y no dudo que ante el primer planteo cualquier juez va a pensar lo mismo.

En cualquiera de estos casos, el segundo apellido agregado no puede ser suprimido.

La ley tampoco se olvida de los hijos adoptivos y les da la opción a los padres adoptantes a que agreguen el apellido de origen del menor, opción que el propio hijo puede ejercer desde los 18 años. 

Una curiosidad de la ley: permite a toda persona mayor de 18 años que no tenga apellido a pedirle al Registro Civil que lo inscriban con el que viene usando.

Las mujeres casadas, ¿deben agregar el apellido del marido?

No. Es optativo y la mujer puede elegir usarlo -en cuyo caso debe agregarle la preposición “de”- o no usarlo (hace un tiempo éste gobierno anunció que iba a introducir ésta opción, que en realidad fue incorporada por la ley de divorcio en 1987, en lo que fue un gran “blooper” jurídico).

El divorcio hace perder lógicamente el derecho de la mujer a usar el apellido de su marido, aunque la ley da la posibilidad de que lleguen a un acuerdo o incluso que pida judicialmente mantenerlo cuando es conocida públicamente con él (es el caso de muchas artistas, empresarias, políticas, etc.).

Y ahora, gran pregunta gran: ¿Se puede cambiar libremente el nombre o apellido?

Lamentablemente en nuestra legislación no.

La regla es la inmutabilidad del nombre, es decir, la imposibilidad de cambiarlo.

La única excepción es a través de una decisión judicial cuando hay“justos motivos” (textual de la ley), expresión que ha sido interpretada en forma muy limitada por la Justicia.

Sólo se han admitido cambios cuando el nombre era ridículo o de muy difícil pronunciación, en cuyos casos se los adaptó pero no se los cambió. También en casos de errores de redacción al hacer el acta, pero no muchos más.

Me gustaría terminar contándoles una experiencia personal vinculada a este tema.

Mi esposa y gran parte de su familia son extranjeros (de Macedonia, uno de los países de la ex Yugoslavia) y una de las cosas que más les llamó la atención –entre las muchísimas que hubo y que me permiten vivir una experiencia cultural formidable-fue, justamente, la imposibilidad de cambiar el nombre y el apellido cuando en su país pueden hacerlo libremente, las veces que quieran y en forma administrativa.

Ante la instintiva defensa de nuestra ley que asumí (sin demasiados argumentos, confieso) y mi inmediata acusación(“ustedes están locos” les dije), ellos me explicaron –no sin antes devolverme gentilmente la acusación- que nosotros somos la excepción y que en el mundo la regla es la libertad.

Así me puse a investigar un poco, lo suficiente como para demostrarles que estaban equivocados y que yo, como buen argentino, estaba en lo cierto.

Ahí descubrí que …tenían razón!

En la mayoría de los países eslavos y sajones y varios europeos se puede cambiar libremente el nombre o el apellido y sólo conservan un número de identificación, algo así como nuestro DNI.

Desde que empecé a fijarme en las películas o series americanas me cansé de ver escenas en las que la gente cambia libremente su nombre o apellido o se habla sobre ello.

La verdad es que a mí me pasó que, una vez superado el cimbronazo cultural, me dí cuenta que la libertad es totalmente lógica y que mientras la identificación esté asegurada y las sanciones por falsificaciones sean ejemplares no tiene que haber ningún problemas (de hecho, a pesar de nuestras muchas regulaciones seguimos teniendo graves problemas de falsificación de identidades).

Hoy me tocó hacer un artículo en parte jurídico y en parte anecdótico pero creo que el tema era interesante y valía la pena y espero que lo hayan disfrutado.

Publicado en Uncategorized por Ramiro Rech

 

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