Hace más de diez años, cuando los fundadores de Proa decidieron llevar adelante un ambicioso proyecto cultural, la elección del barrio y del edificio no fue fortuita. Entonces en La Boca no estaban hechas las obras de saneamiento para evitar las inundaciones, no existía la pasarela que hoy festonea la ribera y en el ambiente se respiraba cierta marginalidad. Sin embargo, en ese escenario siempre a punto de naufragar, dieron con una sencilla propiedad de estilo italiano clásico construida a fines de la década de 1890, que reunía una serie de requisitos afines a la función pública de la inminente institución. La Casa Dall’Orso ofrecía una vista abierta al magnífico Puente Transbordador, las plantas eran más bien pequeñas (250 m2 cada una), pero guardaban una atractiva forma triangular y en la parte baja se destacaba una "selva" de columnas de fundición. El ornamento original de la fachada estaba intacto, y la planta alta remataba en un patio de forma trapezoidal desde donde era posible observar el paisaje del Riachuelo con sus barcos semihundidos y las casitas de colores de Vuelta de Rocha. Antiguamente, en esas habitaciones había funcionado un depósito y almacén de "papas, semillas y cereales", según reza un cartel de época (ver fotografía página 5), y el piso superior fue destinado a vivienda familiar.

El estudio de arquitectura milanés Caruso-Torricella trazó un primer proyecto de restauración que contemplaba la riqueza de esos rasgos arquitectónicos, al tiempo que los aggiornaba a la nueva función. Con esa premisa como concepto inspirador se preservó la fachada; se habilitó la terraza, coronada con una estructura de hierro y vidrio en forma de proa, y las plantas irregulares se transformaron en salas técnicamente acondicionadas según los estándares internacionales de exhibición, lo que a Proa le permitió cumplir con su programa curatorial de realizar grandes muestras históricas y traer al viejo barrio a los artistas más radicales del momento, además de organizar conferencias, seminarios, conciertos y funciones de teatro en plena calle.

Pero la dinámica de las grandes ciudades del siglo XXI es muy vertiginosa. Esa inquietante movilidad empuja a las instituciones culturales a abandonar el rol estático que tuvieron durante siglos y mutar en cajas de resonancia capaces de recoger y reflejar los acontecimientos urbanos para proponer nuevas lecturas y reflexiones sobre los fenómenos sociales. Con la mirada puesta en esa dirección, Proa decidió dar un golpe de timón a sus metas fundacionales y adecuar el edificio a una propuesta cultural mucho más abarcadora, en la que necesariamente caben nuevas expresiones y formatos.

"Este no es un proyecto de conservación del statu quo. Es un proyecto de integración y fusión entre lo antiguo y lo nuevo, entre memoria y tecnología. Esta elección es afín con la función específica de un centro de arte contemporáneo, es decir, un edificio público con una vocación total de contemporaneidad y experimentación", se anuncia en la memoria descriptiva de esta segunda remodelación, también a cargo del Estudio Caruso-Torricella. La adquisición de las dos casas linderas permitió multiplicar los sectores de exhibición y concebir la casa como un todo integrado, donde cada rincón es susceptible de albergar cualquier manifestación artística. La superficie total alcanza ahora 2300 m2, distribuidos en cuatro salas, una librería especializada, un auditorio para conferencias, cine y videoarte y una cafetería en la terraza, todo articulado por dos importantes escaleras de hormigón que a la vez generan interesantes espacios.

El diseño se mantuvo fiel a la idea de aprovechar las características geométricas propias de los lotes originales liberando los espacios entre medianeras. Como ambas propiedades tenían un escaso valor arquitectónico y estaban en condiciones estructurales peligrosas, fueron completamente demolidas, aunque conservan la independencia de cada lote, los muros medianeros y la autonomía no unificada de las fachadas. La principal, de alto valor histórico, fue restaurada por un equipo de especialistas que empleó técnicas y materiales originales, como la pintura a la cal, y las dos fachadas laterales hablan en un lenguaje contemporáneo gracias a la utilización de grandes paños de vidrio que harán las veces de pantalla para proyecciones al aire libre, cumpliendo el objetivo institucional de integrar el exterior al interior de la casa. Los solados son de cemento alisado y tablas de roble americano. La iluminación de las salas fue pensada en forma general y objetiva para las obras, ya que no produce sombras, lados oscuros, contrastes pictóricos ni cortes románticos, para lo que se recurrió a un sistema cenital en el cielo raso mediante lucarnas en tela tensada que difunden y suavizan la luz fluorescente, y se pueden regular mediante un programa computarizado.

"Proa no es una institución con aspiraciones macro, el proyecto cultural sí es macro, por eso se le exige mucho a cada metro cuadrado –sostiene Adriana Rosenberg, presidenta de la fundación–. Este emprendimiento nunca intentó ser algo inabordable, no es ése nuestro concepto de institución. No se construye un edificio nuevo sino que, como otras instituciones modelo en el mundo, por ejemplo, la Tate Modern, en Londres, apostamos a la recuperación de espacios industriales alojados en una situación urbana decaída. En este caso no se trata de una ampliación, sino que se dio por finalizado el concepto de la primera Proa, que se transforma en un nuevo modelo de institución abierto a otras disciplinas. La fachada de vidrio es extraordinaria, le imprime una gran vitalidad al barrio y ofrece una vista única de la ciudad. Definitivamente, es como mirar arte: aporta una nueva visión de las cosas."

 

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