Su obra

Roma supuso para Rafael una nueva visión de la vida y, sobre todo, su plenitud artística. Significó, además, su primera gran cita con la arquitectura. Con certeza, se sabe que fueron dos obras las que fueron construidas según los proyectos originales de nuestro artista, sin apenas cambios: la Capella di Agostino Chigi y la Villa Madama, ambas en Roma. No obstante, y a pesar de las escasas obras de las que tenemos hoy conocimiento, es posible determinar una coherente visión de su arquitectura que ejercería una gran influencia tanto en Italia como el resto de Europa.
El 1 de abril de 1514, Rafael es nombrado provisionalmente arquitecto de San Pedro, con la asignación de 300 ducados de oro al año, como ayudante de Bramante. El primero de agosto del años siguiente, con motivo de la muerte de Bramante (11 de abril de 1514), Rafael es confirmado como arquitecto de San Pedro.
Vasari señala que fue Bramante quien instruyó al artista en las cuestiones de arquitectura, ayudándole en los dibujos de edificios en perspectiva destinados a los frescos de las Estancias vaticanas, aunque las referencias que da son algo erróneas. Sí es cierto que los nombres de ambos artistas aparecen siempre unidos, tanto en las fuentes como en los documentos. El hecho mismo de que fuera nombrado arquitecto del Vaticano, prueba que debía estar en posesión de las técnicas constructivas y de estar muy familiarizado con el lenguaje arquitectónico de Bramante. Parece ser, que una de las intenciones que tenía Bramante al llamar a Rafael a Roma era la de contraponerlo a Miguel Angel, contrarrestando, así, la influencia de los artistas florentinos en la corte papal. Sin embargo, no hay que tomar esto en sentido absoluto, ya que Rafael mostró hacia el lenguaje de Bramante el mismo espíritu de independencia que había mostrado respecto al Perugino, Miguel Angel o Leonardo, en lo referente a la pintura.
Sin duda, la arquitectura apasionó a Rafael en los últimos años de su vida en Roma. Existen testimonios que prueban que había recibido la traducción italiana del tratado de arquitectura de Vitruvio, así como de la existencia de dibujos y proyectos para la reconstrucción de la villa romana.Un año antes de la muerte de Rafael, en 1519, el papa León X recibiría una importante Lettera (carta), cuyo inspirador es Rafael y el autor material de la misma el conde de Castiglione. La carta constituye un verdadero manifiesto del programa arqueológico del ambiente intelectual romano de la segunda década el siglo XVI. Ha sido denominada Carta sobre la arquitectura, de la que actualmente se conservan tres versiones, consideradas generalmente como originales.
Esta carta es indicativa del interés de Rafael por las antigüedades romanas y por la arqueología. El conocimiento de las antigüedades debía ser precedido, según la Lettera, por una información documental sobre las condiciones del mundo cultural de la época.
El motivo de la carta es el de servir de pequeño tratado sobre la restauración, cosa que no es de extrañar teniendo en cuenta la influencia que tuvieron en Rafael los modelos clásicos con los que se encontró al llegar a Roma y el interés que le despertaron.
La carta, realizada con un extremo rigor histórico, está dividida en dos partes: una dedicada a problemas de orden metodológico, y la otra más cercana a cuestiones más específicamente relacionadas con la restauración y las técnicas de medición y de relieve. El conocimiento arqueológico es utilizado como una ciencia histórica que permite una verdadera restitución gráfica y pictórica de la Roma clásica, en la época del Imperio. Para ello, las fuentes escritas deban confrontarse con los datos matemáticos de los vestigios aún conservados de la Antigüedad.
La Lettera no sólo denuncia la ruina y la pérdida de las antiguas fábricas, sino también la disgregación de la antigua red urbana. Presenta el antiguo esplendor de la urbe como si fuera un cadáver, del que sólo queda su osamenta. Denuncia, también, la labor de los pontífices precedentes, que permitieron que se destruyeran las antiguas edificaciones, a la vez que se lamenta de cómo la Roma de su época se ha levantado con las ruinas y la sistemática destrucción de la misma.
Como buen renacentista, al igual que Leonardo o que Miguel Angel, Rafael destacó principalmente en la pintura, sí, pero nunca abandonó el resto de las artes. Ya hemos visto como también fue arquitecto y ahora comprobamos su preocupación y su estudio de la arqueología. Es la radiografía de un espíritu inquieto, libre, renacentista.

Las gracias
Agnolo Doni
La galeria de Psique

Desde diversos puntos de vista La Transfiguración, último gran retablo de Rafael, es una síntesis de su arte y la herencia que ha transmitido a la humanidad. Es el producto de sus dos últimos años de vida, si bien los primeros bocetos probablemente fueron realizados mucho antes, quizá cuando en 1516 recibió dicho encargo del cardenal Giulio de Médicis, futuro papa Clemente VII. Constituye este retablo una expresión de su desarrollo más maduro y refleja el breve período durante el cual el artista pasó por la etapa de alma consciente.
El cardenal se dio cuenta de inmediato de la calidad de la tabla de Rafael cuando la pintura fue hallada en el estudio del pintor después de su muerte. La Transfiguración fue colocada por sus ayudantes de taller presidiendo la capilla ardiente del artista, como testimonio de homenaje y de triunfo.
Pero la herencia que dejó Rafael fue mayor que este último gran cuadro sin terminar. Tras su muerte, los principales artistas que se habían formado en su taller, continuaron trabajando en Roma, donde la demanda de su obra era todavía muy grande. Sin embargo, ya hacía algunos años que la venta de indulgencias para financiar los costosos proyectos artísticos del papa había despertado las protestas de los países germánicos, protestas que confluyeron en el movimiento de reforma promovido por Lutero; los enfrentamientos entre las dos partes prepararon el terreno para la entrada en Italia de soldados mercenarios (1527). Este último acontecimiento provocó la huida de varios artistas, que encontraron asilo en otras cortes italianas. Julio Romano en Mantua, Perin del Vaga en Génova, Polidoro da Caravaggio en Nápoles difundieron el lenguaje artístico de Rafael, suscitando inmediatamente una tropa de imitadores locales.
La gran herencia de Rafael ha sido ésta: el placer de brindar a la Humanidad entera la posibilidad de contemplar sus obras y la de sus discípulos para que todos podamos recrearnos y disfrutar de la misma.

Virgen de la granada
Retrato de Cardenal
Virgen en el trono con cinco santos

Mientras se sucedían las guerras, las conjuraciones y los manejos diplomáticos, León X no olvidaba la música, las letras ni las artes. Seguía, con su mayor interés, la excavaciones emprendidas por Rafael, que había sido nombrado inspector de antigüedades en agosto de 1515.
Entretanto, el papa, deseoso de concluir la Capilla Sixtina, cubierta de frescos, había decidido decorar con tapicerías los muros inferiores, pensando en unos tapices que complementaran admirablemente la decoración.
En esa iglesia de los jefes de la Cristiandad estaba representada toda la historia del Mundo, desde la Creación hasta la Coronación de la Virgen. Sólo se habían olvidado de los Hechos de los Apóstoles y León X tuvo la afortunada inspiración de que figurasen allí; y, naturalmente, encargó a su artista favorito que dibujase los cartones.
Era un tema digno para Rafael. Se ha podido afirmar que los Hechos de los Apóstoles son para el Renacimiento occidental lo que la Ilíada para Grecia: la materia épica y plástica de un mundo, el ambiente que respira, durante cuatrocientos años, la imaginación de los pueblos cristianos y humanistas.
Se ha puesto en duda la autenticidad de estos cartones, llegando a atribuirse a Francisco Penni. Un gran artista, como lo es Rafael, trabaja siempre dentro de los límites de la belleza. Por eso, basta que la mano no sea guiada por el estrechamiento interior para que, inmediatamente, la línea quede vacía de contenido rítmico, lírico y musical. Y esa es la impresión que a algunos expertos causan esos cartones.
Pero sí existen estudios, hechos por Rafael, para los cartones. Hay que suponer, en consecuencia, que él hizo los dibujos y que éstos fueron trasladados y ampliados por sus discípulos. Esto explicaría, según algunos críticos, algunas negligencias o exageraciones y la belleza, la gravedad, la amplitud de la composición y lo perfecto de muchos detalles. En cuanto a los dibujos originales, estarían perdidos. De los cartones que quedaron en Bruselas, tres desaparecieron, no volviéndose a saber de los siete restantes hasta que, en 1630, Rubens aconsejó a Carlos I de Inglaterra que los comprase para su colección.
En cuanto a los tapices, los primeros llegaron a Roma en el verano de 1519, y el 26 de diciembre fueron colocados en la Capilla Sixtina. Pero no estarían allí mucho tiempo: fueron robados y reaparecerían en Lyon en 1530. Clemente VII quiso comprarlos de nuevo; más, arruinado por el saqueo y por el sitio de Florencia, no pudo o no quiso pagar el precio señalado. Pasaron a ser propiedad de Anne de Montmorency quien, tras hacerlos restaurar, se los entregó al papa Julio III en 1555.
Pero no acaban aquí las peripecias. Robados, por segunda vez, cuando la revolución de 1789, aparecieron, veinte años más tarde, en poder de mercaderes de Génova, quienes se los revendieron al papa Pio VII. Llegaron a Roma poco antes de que el pontífice fuese secuestrado y encerrado en Savona, por orden de Napoleón I. Quemados, rotos y descompuestos, hoy no conservan más que una sombra de su antiguo esplendor.

Retrato de joven con manzana
San Jorge y el dragon
Virgen de la impannata

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