El estilo de Renoir


Una característica intrínseca de los impresionistas, aparte de la técnica o de su estilo, fue el lazo de amistad que ató a todo el grupo. Los impresionistas tuvieron que luchar juntos para demostrar la belleza de su arte y conseguir la difícil aceptación social. Gracias a ello, a las relaciones que se establecieron entre los miembros del grupo, hoy podemos saber algo más sobre la increíble personalidad de este gran artista, y lo hemos querido definir con el título de este epígrafe, 'un sueño de armonía'.
Quienes le conocieron en vida, le han descrito físicamente como un individuo delgado, de miradas extraordinariamente penetrantes, muy nervioso, que daba la impresión de no poder permanecer un instante quieto en el mismo lugar. Y así era: un amante apasionado de la vida que le tocó vivir, alegre, bromista y con un acusado sentido de la amistad, a la que se entregaba plenamente, como hiciera con su pintura, con el amor, con sus hijos y con toda su existencia. Su amor a la pintura, además de quedar reflejado en sus grandes obras, se demuestra en su espíritu incansable , que sólo su muerte pudo extinguir. Siguió pintando aún cuando su enfermedad se le hacía cuesta arriba. Pero no había barreras para él, todo tenía solución. Y para la parálisis, que le hacía trabajar en silla de ruedas, la solución fue la elaboración de un caballete adecuado a este pequeño impedimento.
A su trabajo se dedicaba con una seriedad absoluta. Empezando por su caja de colores, perfectamente ordenada y meticulosa, hasta la reglamentación de su horario de trabajo: acudía a su taller con la máxima puntualidad con que el burócrata acude a su oficina. Se acostaba temprano, después de jugar una partida de damas o de dominó con Madame Renoir, ya que haciéndolo tarde, habría temido sin duda comprometer su trabajo del día siguiente. Durante toda su vida, pintar será su único placer, su sola diversión.
También la figura de Renoir estuvo y estará siempre unida a su amor por la belleza, tanto del natural como la femenina. Y es que el cuerpo de las mujeres, siempre "que se trate de una piel que no rechace la luz", era para él una experiencia sublime. No le ocurría lo mismo con las flores, ya que para él, pintar flores era una forma de distracción, su hora de experimentar. Podría haberse pasado los días enteros pintando coloridas flores, y jamás se hubiese cansado ni aburrido.
Pierre Auguste Renoir: todo un sueño de armonía. La pintura le hizo feliz, fue una fiesta para sus ojos. Y sólo así, podemos entender la grandeza y los límites de su creación.

Las grandes bañistas

Renoir nació el 25 de febrero de 1841, hijo de un sastre de Limoges. El padre de Renoir, Léonard, casado con Marguerite Merlet, madre de Renoir, no llegó a hacerse rico con su profesión ni en Limoges ni en París, adonde se trasladó la familia en 1845 esperando mejorar los ingresos. Pero, sin quererlo abrió a su cuarto hijo la posibilidad de ser un gran artista.
El primogénito de Léonard y Marguerite, Pierre-Henri, grabará para orfebres, y su hija Luisa seguirá el oficio paterno, lo mismo que el segundón, Victor, radicado durante mucho tiempo en Rusia. El benjamín de los cinco hermanos, Edmond, sería de mayor periodista.
Pero Renoir pronto iniciará por libre su vida de artista, creando él mismo su familia y dedicándose en vida y alma a ella y a su pintura.
Su esposa, discreta y bella, supo estar siempre a la altura de su esposo, al que conocía perfectamente. Gracias a ella, Renoir ha pintado esos bellos ramos de flores que se ven en sus telas. La señora de Renoir conocía perfectamente todo el placer que su marido experimentaba al pintar flores, pero también sabía que la sola obligación de ir a buscarlas bastaba para hacerle desistir de la idea. Por ello, se cuidaba de tener siempre en casa floreros llenos de flores. Y era de verse -afirma Vollard- la alegría de Madame Renoir, cuando su marido, deteniéndose ante uno de estos ramilletes ordenados con tanto cuidado, exclamaba: "¡Qué lindas son las flores puestas así, de cualquier manera! ¡Voy a pintar esto!".
Otro aspecto no menos importante de la obra de Renoir son los estudios hechos con sus hijos, unos niños a quienes la leche de su madre les había dado mejillas tan bellas y esa piel que dejaba reflejar la luz.
Lo peor para Renoir y su esposa fue cuando los dos hijos mayores, Jean y Pierre, partieron al frente. Recuerda Vollard una ocasión en que Renoir había tomado sus pinceles pero, atormentado por el recuerdo de sus hijos, no conseguía terminar una pequeña naturaleza muerta. Y de repente exclamó que no pintaría más.
Sin embargo, las noticias de sus hijos llegaban regularmente y las cartas 'de circunstancias' que ellos escribían a sus padres corroboraban lo que contaban los periódicos de que todo iba bien. Pero cuando todo parecía estar tranquilo, llegó repentinamente la noticia de que Pierre, el mayor de sus hijos, se hallaba recluido en un hospital con el antebrazo facturado.
Poco después recibirían la noticia de que su otro hijo en la guerra, Jean, se hallaba ingresado en un hospital porque su nalga había sido atravesada por una bala.
Tanto Madame Renoir con su esposo, rechazaban la guerra, que tachaban de absurda, y el hecho de tener a dos de sus hijos alistados, fue poco a poco mermando sus fuerzas, sobre todo las de ella

La hosteria de Mere Anthony
Mujer echada ( La rosa )

Una constante en la vida artística de Renoir fueron sus modelos y sirvientas. El hermano de un coleccionista amigo de Renoir decía que jamás había podido comer en casa una sopa de pescados como la que se como en la de Renoir: "...Y sin embargo tengo una verdadera cocinera, mientras que ellos no tienen más que sirvientas a las cuales, lo único que se les pide, es que tengan una pie que refleje bien la luz". Y así era. Porque Renoir tomó sus modelos entre sus sirvientas, ya que detestaba sobremanera el modelo profesional. Además, cuando un modelo le "entraba en el pincel", le resultaba sumamente fastidioso reemplazarlo. La edad le era indiferente.
Gabriela Renard, era prima de la señora Renoir y había entrado de criada con 14 años, en 1893, poco antes del nacimiento de Jean, segundo hijo del pintor. Permanecería con Renoir hasta aproximadamente 1919, casándose luego con el pintor americano Conrad Slade. Gabriela posó una gran cantidad de veces, ya sola o bien teniendo en brazos primero a Jean y más tarde a Claude, el pequeño de los tres hijos.
Para Renoir era asombroso las sorpresas que podía depararle a uno el modelo cuando se desvestía: mujeres que parecen bien hechas y que son una calamidad, y, al revés, mujeres aparentemente "inútiles" que, una vez desnudas, se convierten en deidades. Siempre supo ver esa extraña belleza de un cuerpo femenino desnudo, su gran pasión.

No hay mejor forma de conocer a una persona que por sus testimonios, sus sentencias, sus opiniones. En el caso de Renoir hemos tenido la gran suerte de que hayan llegado hasta nuestros días declaraciones suyas sobre la teorías impresionistas, sobre su forma de vida y, sobre todo, sobre su personalidad. El marchante Vollard tuvo la fortuna de entrevistarse con él en vida y dejar en su libro, La vida y obra de Pierre Auguste Renoir, los testimonios de éste. He aquí, algunas pinceladas del interior del artista:
"¡Cuándo me imagino a mí mismo nacido entre intelectuales! Habría necesitado años para librarme de prejuicios y para ver las cosas como son. Y quizá habría recibido unas manos torpes".
"¡Cuántas veces he pintado el embarque para Citerea! Así eran los primeros pintores con los que me familiaricé, Watteau, Lancret y Boucher. Mejor dicho: Diana en el baño fue el primer cuadro que me impresionó, y toda la vida he seguido queriéndolo como uno quiere a su primer amor".
"Cuando se contemplan las obras de los antiguos, uno no tiene motivo alguno para creerse muy inteligente. ¡Qué maravillosos trabajadores eran, sobre todo, esa gente! Entendían muy bien su oficio. En eso estriba todo. La pintura no es sensiblería; es principalmente un trabajo de la mano, y hay que ser un trabajador hábil".
"En el museo aprendía a pintar... Cuando digo que en el Louvre se aprende a pintar, no quiero decir que se deba escarbar en el barniz de los cuadros para apresar sus trucos y volver a hacer otra vez los Rubens o los Rafael. Cada uno ha de hacer la pintura de su tiempo. Pero en el museo se encuentra el gusto por la pintura, que la naturaleza por sí sola no puede dar. No se dice ante un paisaje hermoso: quiero ser pintor, sino ante un cuadro".
"Monet nos invitaba de vez en cuando a comer. Y entonces nos atiborrábamos de pavo mechado, para el que había vino de Chambertin".
"Velázquez me entusiasma: esa pintura respira la alegría con que el artista la ha pintado... Cuando puedo imitar la pasión con que un pintor ha creado, comparto su propio gusto".
"Una mañana se nos acabó a todos el negro y nació el impresionismo".
"Hoy día se quiere explicar todo. Pero si se pudiera explicar un cuadro, no sería una obra de arte. ¿Debo decirle a usted qué cualidades constituyen a mi juicio el verdadero arte?... La obra de arte debe cautivar al observador, envolverle, arrastrarle. En ella comunica el artista su pasión; es la corriente que emite y por la que incluye al observador en ella".
"Mi preocupación fue siempre pintar seres humanos como frutos. El más grande de los pintores modernos, Corot ¿son acaso sus mujeres 'Pensadoras'?".
"Yo me pongo ante mi objeto tal como yo lo quiero. Entonces empiezo y pinto como un niño. Me gustaría que un rojo sonara como el tañido de una campana. Si no lo consigo la primera vez, tomo más rojo y otros colores, hasta que lo tengo. No soy más listo. No tengo reglas ni métodos. Cualquiera puede probar el material que uso o verme mientras pinto: se dará cuanta de que no tengo secretos".
"Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y bonito, sí, bonito. Ya hay en la vida suficientes cosas molestas como para que fabriquemos todavía más".
"Qué difícil es encontrar el punto exacto en que un cuadro deba interrumpir la imitación de la naturaleza. La pintura no debe tener el sabor del modelo, pero hay que sentir la naturaleza".
"¡Siempre está la necesidad de buscar ideas en la pintura! Por mi parte, ante una obra maestra es suficiente disfrutar".
"Soy un pequeño corcho que ha caído al agua y que es arrastrado por la corriente. Me entrego a la pintura tal como viene".
"Pintar flores me relaja el cerebro. Espiritualmente no me esfuerzo en ellas como cuando estoy ante un modelo. Cuando pinto flores, pongo tonos, experimento valores audaces, sin preocuparme si estropeo un lienzo. Algo semejante no me atrevería a hacerlo con una figura, por miedo a dar al traste con todo. Y la experiencia que adquiero con estos intentos, la aplico luego a mis cuadros".
"Creo que poco a poco entiendo algo de esto".


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