El estilo de Ribera


La falta de datos sobre la vida de Ribera dificulta la tarea de desvelar la personalidad de este genio del Arte. Pocas conclusiones se pueden deducir a través de la vía documental. El otro camino abierto para intentar descubrir los rasgos de este artista es la leyenda, pero incluso ésta presenta caracteres opuestos. La imaginación de los italianos y la de Palomino describen a dos individuos de diferente talante.
Este escritor del siglo XVIII define a Ribera, según se deduce de sus textos, como un hombre sencillo y humilde. En Roma pinta en la calle y viste casi con harapos. Un cardenal, que le ve dibujar, decide acogerle en su casa, pero el lujo que le rodea le vicia y decide volver a su modo de vida anterior. El Españoleto regresa a la calle y estudia en la Academia romana donde, según Palomino <<pasaba con tanta miseria, que a fuerza de su indumentaria y las migajas de los dibujantes de la Academia se mantenía sin más ánimo ni protección...>>.
El Españoleto prefiere la libertad y la pobreza de la calle a la vida burguesa que le ofrece un alto miembro de la Iglesia. Este enfoque de humildad está relacionado con la religiosidad que se respira en sus cuadros. Sus Natividades e Inmaculadas recogen el profundo sentimiento cristiano de Ribera, inclinado hacia la Contrarreforma, de orientación jesuítica y con dosis de asceta.
Otras figuras que podrían aportar más pistas sobre la personalidad del setabense son los personajes populares que retrata. Ribera se sentía atraído por representar la picaresca del pueblo como, por ejemplo, a los mendigos. En ocasiones dibuja personajes grotescos por encargo como la mujer barbuda, pero el cuadro del Niño cojo, una de sus últimas obras, es un caso diferente. Este lienzo muestra, hundido en la pobreza y con un pie y un brazo dislocados, a un muchacho sonriendo. También Ribera, dicen que muere en la pobreza por problemas de honra, pero pese a todo, muere feliz como cuando prefirió la libertad de la calle al lujo que le ofrecía el cardenal.

Paisajes con pastores

Otra versión sobre la personalidad de Ribera proviene de los testimonios de artistas italianos que consideraban al Españoleto como un extranjero que podía usurparles prestigio, encargos y dinero. De ahí, no es de extrañar, que quizás por despecho y debido a su baja estatura, le apodasen: el Españolito.
El valenciano despertaba envidias y encendía rivalidades. Así, pese a su baja estatura, los biógrafos italianos le describen poco más o menos como el jefe de una banda de camorristas dispuestos a terminar con todo aquél pintor que pudiese hacerles sombra. Algunos escritores se apoyaron en la crueldad de los martirios pintados por el valenciano para probar el carácter violento, sádico y cruel del famoso artista español. Algunas de esas tormentosas obras inspiraron al poeta Lord Byron a escribir este verso: <<El Españoleto humedecía su pincel con la sangre de todos los santos>>.
Resulta difícil de creer que Ribera fuese un "camorrista" al estilo del "Padrino", un valenciano trasformado en mafioso napolitano. No obstante, toda leyenda tiene un fondo de verdad. Es posible que en un país donde existen multitud de artistas, sobrevivir desempeñando esta actividad creadora sea una tarea ardua: <<En Nápoles había otros que seguían la misma senda, muy difícil de recorrer con éxito>>, asegura Lanzi, autor de finales del XVII.
Por tanto, resulta bastante habitual que para mantener el prestigio, los artistas usen sus influencias para poner trabas y dificultades a los miembros de las nuevas hornadas o, incluso, entre ellos mismos. Así continúa Lanzi: <<Poco después se convirtió en pintor de la Corte, y, a continuación, en árbitro de la misma>>. La misma línea mantiene el coetáneo Bellori: <<No quiso reconocer nunca como pintor al Domenichino, y con su influencia ante el virrey le ocasionó a éste graves complicaciones, diciendo que no sabía pintar. Muerto el Domenichino, consiguió finalmente que se le confiará el cuadro grande en la capilla del Tesoro, con el Milagro de San Genaro>>.
Las armas que utiliza el pintor, además de sus influencias en
la Corte del virrey, no son el puñal y la espada sino el pincel y la paleta: <<Luego cambió de manera [de pintar], creyendo con el encanto del colorido asestar un gran golpe contra sus rivales>>, escribe Dominici, autor de mediados del XVIII.
El carácter hábil, despierto e interesado del artista se puede apreciar en su firma. Ribera añadía con frecuencia a su rúbrica dos datos: su condición de valenciano y que era miembro de la Academia de San Lucas. Ambas son dos buenas razones para sentirse orgulloso y, por tanto, para añadirlas en la firma. No obstante, los motivos por los cuales el valenciano era tan proclive a destacar su nacionalidad podían deberse a que el hombre para el que trabaja era virrey de Felipe IV.
De hecho, el Españoleto, nunca más volvió a España tras su marcha, ni tuvo intención de hacerlo. Cuando un colega español le pregunta en Nápoles por qué siendo famoso en todo el mundo no quiere volver a su tierra natal, Ribera argumenta con poco tino: <<queridísimo amigo, personalmente tendría muchos deseos, pero...me siento impedido de hacerlo por el hecho de que, si al primer año sería recibido como un gran pintor, al segundo nadie haría más caso de mí, porque, viéndome personalmente, terminarían por no sentir más respeto...de modo que pienso que España es madre piadosa para los extranjeros y crudelísima madrastra para sus propios hijos. Por lo tanto, me quedo en esta ciudad donde me encuentro muy acogido y estimado...Quien se encuentra bien, no se mueva>>.

Paisajes con un Fortin

El padre del Españoleto, llamado Simón de Ribera, es zapatero y su madre, Margarita Cucó, es hija de zapateros. Ambos de origen valenciano se casan en 1588 en la iglesia de Santa Tecla en Játiva. Nueve meses y medio después nace el primer hijo del matrimonio al que llaman Miguel Jerónimo. El siguiente niño, Juan José, es bautizado a principios de 1591. El último descendiente de este matrimonio es Juan, que nace dos años después, en 1593. Parece que los tres hermanos deciden encaminar sus vidas hacia tierras italianas, aunque se desconoce si viajaron juntos, se sabe que los tres, en algunas ocasiones, compartieron piso juntos.
También el padre de las criaturas se dirige a este país. Simón cambia su profesión de zapatero por la soldadesca y es enviado a Nápoles. Antes de este viaje, Simón ha perdido a su primera esposa y madre de sus tres hijos, cuando José de Ribera sólo tenía ocho años, y ha vuelto a casarse con otra mujer. Una vez en Italia se le reconoce un tercer matrimonio con una napolitana, llamada Victoria Bricchi, con la que parece que tiene una hija llamada Ana. Algunos estudiosos hablan de hasta un cuarto matrimonio del padre de Ribera.
El Españoleto se casa en septiembre de 1616 con la hija de un pintor afincado en Nápoles llamado Bernardo Azzolino en la iglesia de San Marcos de Tessitori. La joven, Catalina, tiene dieciséis años y su marido veinticinco. Considerando que Ribera abandona Roma para dirigirse a Nápoles en el mes de abril, es sorprendente que en tan sólo seis meses se haya enamorado de esta joven hasta el punto de tomar la decisión de casarse con ella. Más bien parece un matrimonio de conveniencias, a la vista de la profesión del padre de la novia y de las dotes artísticas del prometedor esposo.
Tras once años de matrimonio, por fin la pareja trae al mundo sus primeros retoños. Aunque la descendencia de Ribera llega tarde, es prolífera. Se cree que el setabense tuvo seis hijos. El primero, Antonio Simón, -bautizado igual que el abuelo paterno- nace en 1627, el segundo, Jacinto Tomás, en 1628. Los restantes hijos de la pareja nacen de año en año: Margarita -de igual nombre que la abuela paterna- en 1630, después le sigue Ana, luego Francisco Antonio Andrés y, por último, María Francisca en 1633.
Ribera como la mayoría de los pintores españoles no realiza ningún retrato de su esposa e hijas, excepto algún dibujo. Igual que Zurbarán utiliza a su familia como modelos para santas o Inmaculadas. A diferencia de los pintores flamencos de su mismo siglo nunca pinta mujeres desnudas, ni carnes voluptuosas. Es un pintor místico, religioso, se dice que su moralidad le impidió pintar a una Magdalena desnuda.
Una de las hijas del setabense, Margarita, se casa con catorce años con un joven prometedor, llamado Giovan Leonardo Sersale en 1644. Este es juez del Vicariato y cuando fallece en 1651 había alcanzado el cargo de auditor real. Ese mismo funesto año, la viuda espera un hijo y es acogida en casa de su padre. Las desgracias se van acumulando. Unos años antes, en 1645, había muerto el suegro del setabense, Bernardo Azzolino.
Se desconoce cual de las tres hijas de Ribera, -todas tenían fama de ser muy hermosas-, fue raptada por el hijo ilegítimo de Felipe IV, don Juan José de Austria. De este secuestro apasionado nació una niña, nieta de Ribera. El futuro de esta bastarda real fue el convento de las Descalzas Reales. La madre de la joven, que también entró en religión según dicen, pudo ser Margarita, de igual nombre que su hija, quien además en 1651 dio a luz a una niña, o su hermana menor Ana. Otro autores dicen que no fue ninguna de las hijas de Ribera, sino una familiar indirecta, como alguna sobrina, pues uno de sus hermanos vivía con él.

Parece que los orígenes de Ribera son humildes. Hijo de un zapatero decide marcharse a Italia, aunque se desconoce con que medios contó para realizar dicho viaje. Una vez en este país, se instala en Parma donde le protegen los Farnese, familia noble que gobierna esta urbe.
En Roma comparte una casa en la Vía Margutta. Palomino asegura que nada tenía y que vivía poco más que mendigando. Otros dicen que perdía demasiado pronto lo que ganaba y que tenía muchas deudas, razón por la cual se marcha de Roma dejando empeñada hasta la capa.
Ribera llega a Nápoles y la aureola de bohemia queda sustituida por la imagen de un hombre al que le gusta el lujo y el poder: se casa con la hija de un importante pintor local, cuenta con la protección de los virreyes que le acogen en su Palacio, es propietario de varias casas y hasta él mismo reconoce que está bien pagado: <<Me quedo en esta ciudad donde reino me encuentro bien acogido y estimado y mis obras se pagan a mi plena satisfacción>>.
Las malas lenguas dicen de Ribera que se hacía pagar bien y que trabajaba poco. El Españoleto pintaba seis horas por la mañana y el resto de la jornada lo dedicaba a la tertulia y la vida mundana rodeado de lujo. De esta manera ganaba dinero fácil que gastaba con gran rapidez y, por tanto, se pasaba la vida huyendo de sus acreedores. La fama de derrochador le persigue hasta sus últimos días. El artista contemporáneo Jorge Pillement escribe sobre este autor: <<Se ha dicho que Ribera, en cuanto se vio protegido, famoso y rico, se entregó a una vida ostentosa y pródiga, que rallaba con el escándalo y el ridículo>>.
El prestigio del pintor le permite pedir parte del dinero del encargo por anticipado. Ribera opta por esta alternativa con el objetivo de obtener cantidades de dinero importantes para mantener su nivel de vida. Este detalle de su biografía podría justificar la tesis de algunos estudiosos sobre el carácter derrochador de Ribera. Los monjes de la Cartuja de San Martino le encargan entre 1637 y 38 varias obras. Sólo en concepto de anticipo, el prior de esta institución religiosa entregó al pintor unos 1400 ducados.
Los problemas comienzan cuando el Españoleto incumple sus plazos. Uno de sus clientes, el protonotario de Sicilia en Palermo, Cristóforo Papa, denuncia al pintor en 1646 porque, una vez pagado el anticipo de 150 ducados, el artista no había entregado la obra en la fecha señalada y había atendido, sin embargo, otras obras posteriores. El cuadro era una Natividad encargada en 1641. El pintor, inútilmente, intentaba justificar su continuado retraso con la artritis que empieza a sufrir en 1641 y que afecta al miembro más vital para el desarrollo de esta actividad artística, el brazo.

A partir del incidente de don Juan José de Austria parece que el pintor comienza a decaer. Las razones de este descenso pueden ser varias: la deshonra sufrida en las carnes de una de sus hijas, la artritis del brazo, las deudas que supuestamente contrae, la condición de pedir parte del dinero del encargo por anticipado, el retraso en la entrega de las obras, los pleitos que le interponen por incumplimiento del acuerdo entre pintor y cliente.
Parece que este descalabro se traduce en una economía poco aireada. Ribera pide al prior de la Cartuja de San Martino, que se le <<pague algún dinero>>, a la vez que les recuerda que está terminando el cuadro de La Comunión de los Apóstoles. Esta es la carta que les envía en junio de 1651: <<el peso de la casa es grande, considere usted mi necesidad>>. Dos días después recibe 50 ducados y Ribera vuelve a insistir porque con esa cantidad <<no he podido jamás, ni puedo ahora, subvenir a las necesidades de una casa>>. Con motivo de la muerte de su yerno, Leonardo Sersale, en septiembre, el setabense vuelve a pedir a esta congregación más dinero para el luto y entierro.
Pese a los motivos que pudieran provocar la caída del pintor, parece evidente que sigue trabajando y cobrando y que no intercambia obras por comida con lo monjes de San Martino como aseguran algunos biógrafos. Es posible que su situación económica no fuese todo lo boyante que corresponde a un hombre de sus influencias y prestigio artístico. El motivo de tal hecho tal vez pueda explicarse por su carácter derrochador.
Sin embargo, Ribera es propietario de dos casas y una finca rural que en caso de padecer apuros económicos es lógico pensar que hubiese vendido. Aunque el Españoleto no se desprende de estos inmuebles, la exigua herencia que debió dejar a los suyos es motivo suficiente para que a los dos meses de su muerte, su esposa e hijos decidiesen hipotecar estas casas para poder obtener un préstamo de 300 ducados al 9% de interés.
Antonio y Francisco, herederos directos de Ribera, decidieron abrir una causa contra los monjes de la cartuja en diciembre de 1651 por considerar que el cuadro de La Comunión de los Apóstoles había sido mal valorado, pues los monjes solían pagar a Ribera 100 ducados por cada figura pintada. Como este lienzo tenía 13, le debían 1300 ducados, a deducir de los 900 ya abonados.
Este litigio finaliza en julio de 1655. Los peritos estiman que el cuadro vale la cantidad fijada por los herederos y los cartujos han de remunerar la diferencia.

San Sebastian


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