El estilo de Tiziano

 

Conociendo bien el arte y los artistas, para Tiziano, el irresistible encanto de su amigo, además de su utilidad, residía en dos hechos básicos: Pietro Aretino le vengaba y emancipaba de los celos de su juventud contra Giorgione, introduciéndolo en la más selecta sociedad de príncipes y monarcas. Además, le alababa con suma gracia y finura.
En 1557 falleció este amigo suyo Pietro, no sin antes haber realizado Tiziano dos retratos suyos, en los que el pintor había dado a su persona y a su cabeza un impresionante relieve físico y psicológico, que nos detiene delante de los mismos. Y todas las veces que Tiziano se pone así, frente al mismo modelo en dos o más lienzos de carácter distinto, la comparación resulta asombrosa por lo revelador. Él no pertenece a l os líricos puros, exclusivamente subjetivos, que no reflejan sino su propia concepción personal del mundo a través de un yo apasionado y unilateral.
Su mentalidad de dramático objetivo, como la de Shakespeare, abarca a la vez la lírica de Otelo, la dulzura de Ofelia y la pasión de Macbeth. Ágil y tolerante, Tiziano es además un ser civilizado y altamente social, crecido en Venecia, la primera sociedad moralmente civilizada del mundo moderno. Se da cuenta con agudeza de lo que cada individuo es en sí mismo, pero también de lo que tiene que ser, parecer y representar en sus aspectos oficiales y sociales, no menos importantes ni menos verídicos. Así, los dos o tres principales entre sus seis retratos de Carlos V (hubo otros que se perdieron) tiene sellos y caracteres distintos.
Al genio sintético y sereno del italiano no le hacen falta espectros ni monstruos para lucir la verdad de las almas en la plástica de los cuerpos.

Danaé


Entre las contadas obras que regaló -lo que al parecer no le agradaba mucho- además de los retratos de su compadre Aretino y de Beccadelli, hay que poner en cuenta el retablo de altar para Medole, pueblecito entre Mantua y Brescia, a cuyos señores curas quería cautivarse; y como obsequio sin segundo fin, hay la decoración de la iglesia de su pueblo natal, hecha al fresco por él y sus alumnos en 1565.
Conservador tradicionalista, él nunca perdió cariño a su Cadore, a sus montañas y bosques y a su pequeña Pieve; así como nunca quiso dejar Venecia.
Rechazó en 1513 la halagadora invitación de León X y más tarde la de Alfonso de Este para que se estableciera en Roma. Anduvo por esta ciudad solamente de paso y tarde, a sus 68 años, en 1545. Esta invitación de 1513, aunque rechazada, la disfrutó ante el Senado de Venecia. Pidió que le recompensaran la renuncia quitándole en su favor a su viejo maestro Giovanni Bellini la senseria del Fondaco dei Tedeschi, y se ofreció en cambio a pintar para el senado un cuadro "demasiado difícil para Bellini". Más humano, el Senado esperó a que el anciano muriera para entregársela.
En 1530 visitó a Carlos V en Bolonia, y luego en Asti y otras veces en Augsburgo, durante dietas imparciales, desde 1548 a 1549 y desde 1550 a 1551. Pero siempre volvió fielmente a su Venecia, y a su morada en San Canciano ai Birri Grandi, ahora Fondamente Nuove, sobre la laguna, frente a la isla de San Miguel. Y allí llegaría Tiziano a los últimos días de su vida.

El amor sacro y el amor profano


Al pie de la cordillera alpina había nacido el hijo de Gregorio de Conte Vecellio, jefe de la centuria de la pequeña ciudad de Pieve, "la muy fiel a la Serenísima República de Venecia". Bajo los romanos, Pieve había sido llave del pasaje de los ejércitos hacia Alemania; luego, punto crítico del empuje alemán por los valles alpinos hacia el sol, el calor y el tibio mar Mediterráneo en su más largo golfo nórdico, el Adriático.
Todavía existe allí su casa de familia, transformada en pequeño museo; morada de burgueses provincianos que lindan con el patriciado, modesta y digna, en el centro de la así llamada Piazzatta dell'Arsenale. Una fuente le vierte delante su chorro, nobles palacios antiguos la rodean, en el fondo se levantan las cumbres azules del Antelao que alimentarán su paisaje durante un siglo de fatigas, sin nunca agotar su poder de evocación encantadora.
Fueron destruidos los frescos de la iglesia, pero allá permanecen todavía su otro regalo de 1569, el retablo del altar pintado por él o bajo su dirección, con la Virgen y el Obispo del cercano pueblecito de Oderzo. Por otro lado flanquea a Nuestra Señora, bajo el papel y la cruz de San Andrés, su hermano y ayuda Francisco, fallecido en !559. De él mismo, arrodillado detrás de su patrono epónimo, aparece solamente la cabeza de perfil; el lugar de honor le compete al muerto, edición grosera y popular de sus propias refinadas facciones; ambos con las mismas calvicies, flecadas con los mismos restos de melenas rizadas, y las mismas luengas barbas de dioses fluviales.
Estas barbas tenían que ser algo como un santo y seña tradicional, rasgo del que se enorgullecía la familia. También la hay, esta barba blanca, en la Virgen de las rosas de Florencia, en la Virgen con Santa Catalina y San Andrés de Venecia, de 1510, y en la Virgen de las cerezas de Viena, de 1515.
Existe en sus obras un instinto egocentrista que lleva a cualquier pintor a reflejarse en sus personajes. Resultaba cariñoso y útil inmortalizar a sus amantes, su hija, sus amigos, aprendices y clientes, o forjar imágenes ideales con las reminiscencias superpuestas de sí mismo o de su padre.
Pero si a su padre ya hemos dicho que le retrata en algunas de sus obras, menos conocida es la madre, Lucía, al parecer mujer distinguida. De no ser su madre, podría serlo una abuela o quizás una suegra, madre de la joven Cecilia que él trajo a de su país a Venecia y con la que permanecería unido hasta su muerte.
En 1525, cuando la pareja ya tenía dos varones grandes, Pompinio y Orazio, se enfermó ella gravemente. Él le otorgó la consolación de hacer paz con la iglesia, consagrando su unión. Pero Cecilia sanó y le dio dos vástagos más, esta vez legítimos, Lavinia, que fue el rayo de sol de la casa, y otra hijita muerta de niña; y cuando Cecilia murió en 1530, Messer Agnello, encargado de negocios del duque de Mantua en Venecia, le escribió a su señor: "el pintor se encuentra tan desamparado por su congoja que no puede atender sus encargos". Solamente tres meses después le notifica que empieza a volver al trabajo.
Muerta o viva Cecilia, Tiziano nunca se habría hecho el más mínimo escrúpulo de sus otros y abiertos amores; lo que no le quitaba de amarla y llorarla sinceramente. Al contrario, tanto más la quería por no haber sido nunca una traba. El italiano es por su naturaleza infiel y constante. Ni él piensa en reemplazar su humilde criada, gentil y honrada -como la describen sus contemporáneos- por una de sus brillantes amigas venecianas. En cambio, como dueña y ama de llaves y cuidadora de los hijos, Tiziano llama a su hermana Úrsula, que se queda allí hasta que fallece en 1550. Su otra hermana, Catalina, ya se había casado en Pieve.
La muerte de Tiziano en 1576, dejaría una estela de alguien extraordinario, comenzando por su fuerza y salud, pues fallece a una edad muy avanzada.

Francesco Maria Della Rovere
Magdalena Penitente

Como ciertos contagios de juventud rebrotan desde lo profundo de la sangre en crisis de recridescencias inesperadas, así, en el tupido cielo de la vida de Tiziano y hasta su último día de hombre y de artista, el contagio bienhechor de Giorgione retoña en obras maestras; y cuando corre peligro de rendirle todo al triunfante materialismo de la carne, la agarra y le sacude el remordimiento y le orienta otra vez hacia los olvidados caminos del espíritu.
Este recuerdo imperecedero alegoriza al abismo que separa la plenitud italiana de Tiziano de la exuberancia flamenca de Rubens o Jordaens.
Y tal influencia es posible que no fuera solamente de carácter exclusivamente pictórico, sino que en su subconsciente trabajara un conjunto de sentimientos oscuros -amor de muchacho, celos y rivalidad imborrable- acerca de la magnífica y codiciada amante del camarada mayor; del precursor y rival, que fue su iniciador de juventud y su pauta de toda la vida.
Y es que sus obras emanan un anhelo de misteriosas razones que el corazón entiende. La Cecilia de Giorgione es para Tiziano lo que Beatriz para Dante: la aparición del eterno femenino en el umbral de la adolescencia, el ideal inasequible y presente que tal vez unos hijos trasponen en una madre todavía joven y bella, con confusos sentimientos de veneración y deseo, respeto y ternura. Tiziano vive con una mujer, con la cual termina casándose y que también se llama Cecilia.
El recuerdo de la otra Cecilia, la de Giorgione, influye también en otra elección menos cotidiana, la de su hermosa querida posterior, Violante, la bella hija de su compañero de taller y oficio, Palma el Viejo. Se repite el caso típico de la joven enamorada del hombre anciano, que desde su niñez aprendió a venerar en el ambiente de su familia como un Dios inalcanzable. El discípulo de Palma el Joven, describía así los detalles románticos de ese amor: "He aquí esta Violeta -Violante- de quien la nariz de Tiziano quiso respirar el perfume... Violeta nacida de una Palmera (Palma) quien produce más cuanto más envejece, y cuyos frutos están tan dulces y ricos que el mismo Tiziano los desea... planta que da dos maneras de frutos igualmente sabrosos". Y en nota agrega: "Violante, generada y pintada por Palma el Viejo, es amante de Tiziano e inmortalizada por los pinceles de los dos. Gran milagro, ¡pintura digna de gloria!".
Otro crítico de arte posterior, agrega que la joven de La Bacanal de Madrid llevaba puestas unas violetas en el pecho, como alusión a su nombre, acertijo que se usaba mucho entonces.
Así Giorgione había glorificado a su amada en la Judit de Leningrado, en la Tempestad de Venecia y en la Venus de Dresde; y así él había brindado para los siglos a la pintura a la misma mujer viva de Venecia su patrón definitivo de la belleza femenina. El tipo que Tiziano ensalzó a su vez, desde su encuentro con Violante hasta su nuevo amor para la mujer llamada La Bella del cuadro de Florencia, está moldeado sobre el de Cecilia, pero es menos fino y más amplio, según su doble anhelo: por un lado le anima el ideal ajeno de la inspiración e imitación giorgionesca; por otro, el de su propio temperamento.
Podríamos decir, para finalizar, que entre Tiziano y Giorgione existe la misma diferencia esencial que entre Cecilia y Violante.



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