Su obra

Fin de un mundo antiguo y principio de uno nuevo. La filosofía de Europa se transforma en los siglos XIV y XV. Pestes, guerras, recesiones y conquistas otomanas arruinan el antiguo equilibrio, destruyen el Imperio bizantino y sacuden los poderes tradicionales del papa y del emperador. Pero aparecen otros nuevos: en el seno de las ciudades que polarizan las redes económicas y bajo la autoridad del Príncipe que encuadra el Estado moderno, despunta el alba de un 'Renacimiento'.
Los dos últimos siglos de la Edad Media representan un periodo de difícil interpretación si se considera el conjunto de Europa. Por un lado, en el oeste, las regiones que más se habían beneficiado del desarrollo de los siglos anteriores atraviesan una crisis. Por otro, en la Europa central y en el noroeste de Europa, se afirman nuevas fuerzas políticas y económicas. Al sureste, por último, la agonía y la desaparición del Imperio bizantino y el advenimiento del Imperio otomano, dan sus contornos definitivos a la Europa moderna.
La peste negra de los años 1347 al 1352 había afectado a todo el continente europeo. Por otro lado, Europa había sido víctima de un proceso de guerra generalizada que puede considerarse en tres planos: la guerra de los Cien Años o la guerra franco-inglesa por la dominación del noroeste europeo; las guerras italo-aragonesas por el control del Mediterráneo occidental; y la reacción eslava al expansionismo germánico, simbolizada por la victoria, en 1410, del rey de Polonia Ladislao III.
De la misma manera, las guerras civiles en el seno de diferentes paises también habían abundado: Armagnacs y Bourguignons en Francia, guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, enfrentamientos de las ciudades italianas entre sí y de los reinos ibéricos entre sí... Aún así, no se impide que la Cristiandad prosiga la lucha contra el islam. En 1492, los españoles aniquilan el reino de Granada, aunque este éxito no pudo hacer olvidar el fracaso de las diferentes expediciones internacionales emprendidas para contener el avance turco en Europa. En 1453 se produciría la caída de Constantinopla, dejando así de existir la Ciudad guardada por Dios y el Imperio romano.
A todo esto habría que añadir las dificultades económicas que empiezan a hacerse latentes al final de esta era, al igual que la crisis de la sociedad, en especial de la Iglesia y del papado.
A través de las guerras y las crisis, los príncipes europeos habían conseguido forjar los instrumentos del Estado moderno: un ejército y una fiscalidad permanentes y un principio de burocracia. También intentaron establecer nuevas relaciones con la nobleza, distintas de los vínculos feudales, adsquibriéndolos a su poder mediante pensiones, cargos y oficios. Eduardo IV y Enrique VI en Inglaterra, Carlos VII y Luis XI en Francia, los Reyes Católicos de Aragón e Isabel de Castilla en España; los Habsburgo en el Imperio, Alfonso el Magnánimo en Nápoles, los Médicis en Florencia, los Sforza en Milán, los Este en Ferrara... encarnan con más o menos fortuna este nuevo modelo político, pronto descrito por Maquiavelo.

Concierto

Desde mediados del siglo XIV, una serie de cataclismos y de pruebas había sacudido a la Cristiandad, aunque no consiguieron reformar la Iglesia.
Pero ahora, a principios del XVI, la reforma se hace cada vez más necesaria. Se reprocha al papa su lujo y los impuestos muy pesados que gravan a toda la cristiandad; a los obispos se les reprocha su absentismo demasiado frecuente, y a los miembros del bajo clero la ignorancia de la mayoría de sus miembros. Lo que reclaman Erasmo o Martín Lutero, es un clero cuyos componentes sean hombres capaces de enseñar la Palabra de Dios y de responder así a las inquietudes y a las preocupaciones de la época. Por eso, podríamos hablar de reformas protestantes y de la reforma católica.
En cuanto a la protestante, se debió a Martín Lutero (1483-1546), monje de un convento alemán en Sajonia. Él responde a la espectativa de muchos contemporáneos afirmando que las obras humanas no juegan ningún papel en la salvación individual, ya que sólo la fe en Dios puede hacer al hombre justo y salvarle. También, al estimar que todos los cristianos son iguales por el bautismo y que, por tanto, todos son sacerdotes, rechaza la superioridad espiritual del papa, de los obispos y del clero en general. Todo ello le costó la excomunión papal en 1520, y la difusión de sus ideas en Alemania gracias al apoyo de cierto número de príncipes.
Después, en 1536, el francés Juan Calvino (1509-1564) publicaría en latín (y en 1541 en francés) la Institución de la religión cristiana, donde se encuentra lo esencial de la doctrina que fue elaborando poco a poco bajo la influencia de las ideas de Lutero. Desde Ginebra, donde Calvino se instala en 1541, el calvinismo se difundiría por Alemania, por Europa central, por Escocia, por Inglaterra y por Francia. En esta última, la propagación de las ideas calvinistas choca con una violenta represión, mientras que en Inglaterra, el anglicanismo establecido por Isabel I (1559-1563), es un compromiso entre calvinismo y catolicismo.
También la iglesia católica se verá reformada desde fuera de ella y contra ella. Sin embargo, Roma se decide a reaccionar a partir de 1540 en lo que ha denominado Contrarreforma. Al margen de la creación de la Compañía de Jesús por Ignacio de Loyola, la obra esencial se realiza en el Concilio de Trento, reunido en 1545 por iniciativa del papa Paulo III, y que tendría su última sesión en 1563.
La condena sin paliativos del protestantismo pronunciada por el Concilio y la mayor autoridad que obtiene el papado del éxito de Trento, terminan consagrando la división de la cristiandad occidental. Hacia 1600, a una Europa que sigue siendo católica, se opone -además de una Europa ortodoxa en el Este- una Europa protestante bajo las formas luterana, calvinista o anglicana. Esa división se mantendrá en los siglos venideros marcando profundamente la sensibilidad colectiva de los pueblos europeos en función de su paso al protestantismo o de su fidelidad a Roma.

En 1519, la elección para la dignidad imperial de Carlos de Habsburgo, ya rey de España, hace de este último, convertido en Carlos V, el soberano más poderoso de Europa. Pero ese poderío chocará con tres obstáculos principales: las dificultades que entrañan en el Imperio y en los Paises Bajos los avances de la reforma protestante, la oposición de los reyes de Francia a las pretensiones hegemónicas de los Habsburgo, y el avance otomano en Europa oriental. al mismo tiempo, las disensiones religiosas proclaman en Europa terribles guerras civiles. Por último, en 1648, Francia pondrá fin a las ambiciones de los Habsburgo al término de la guerra de los Treinta Años, gran conflicto religioso y político europeo.
Muerto el emperador Maximiliano en enero de 1519, tres pretendientes se disputan la corona imperial: el rey de España, el de Francia, y el elector de Sajonia. El primero, Carlos de Habsburgo, había heredado de su padre, Felipe el Hermoso en 1506, los Paises Bajos y el Franco Condado y, en 1516, a la muerte de su abuelo materno y debido a la incapacidad de su hermana Juana la Loca, el reino de Aragón, de Castilla, de Sicilia, de Nápoles y de las colonias españolas en América. Por último, la muerte de su abuelo paterno Maximiliano, le asegura la posesiones hereditarias de los Habsburgo, Austria, los ducados alpinos y Alsacia.
Frente a él, se hallan el rey de Francia, Francisco I, nacido en 1495 y el elector de Sajonia, que es el único candidato alemán, aunque las posibilidades de éste son escasas ante los medios desplegados por los dos anteriores para comprar los votos de los siete electores. Finalmente, éstos, ganados por el oro del banquero Fugger, al servicio del rey español, eligen a éste último emperador el [7 de junio de 1519, bajo el nombre de Carlos V.
Ante todo, el nuevo emperador pretende recuperar los territorios de la herencia borgoñona que Luis XI había anexado a su reino a la muerte de Carlos el Temerario y expulsar a los franceses de Italia.
Finalmente, minado por la gota, cansado de sus fracasos y ante la imposibilidad de gobernar posesiones tan dispersas y tan heterogéneas, Carlos V decide en 1555 no sólo renunciar al poder, sino dividir su 'imperio'. Ese mismo año traspasa la soberanía de los Paises Bajos, del Franco Condado y de las coronas españolas a su hijo Felipe II, renunciando a la dignidad imperial en favor de su hermano Fernando, soberano de los dominios austríacos y rey de Bohemia y Hungría.
Entre tanto, a partir de 1520 Alemania había sido sacudida por una crisis provocada por las ideas de Lutero, provocando la revuelta de los caballeros renanos (1522-1523), la de los campesinos (1525) y las represiones que sobre estos recaen por parte del emperador y de los príncipes católicos (1531-1547). Ni siquiera la victoria de Carlos V en Mühlberg en 1547 fue suficiente para restablecer la unidad religiosa y política del Imperio, obligando a Carlos V a aceptar la paz de Augsburgo (1555), que reconocía las dos confesiones y aumentaba el poder de los príncipes luteranos.
También, las demás potencias europeas seguirían el conflicto entre Carlos V y Francisco I con interés e inquietud, aliándose unas veces con uno y otras veces con otro.
Agotados financieramente Enrique II, sucesor de Francisco I, y Felipe II, sucesor de Carlos V, firman en 1559 el tratado de Cateau-Cambrésis; Francia será expulsada de Italia, dominada desde entonces por España, dueña de Milán y de Nápoles, pero conserva en cambio Lorena y se queda con Calais, tomado a los ingleses en 1558.

Noli Me Tangere
Sacrificio de Isaac

Aunque Carlos V no legó a su hijo, 1555-1556, ni los dominios austríacos ni la corona imperial, Felipe II es el soberano más poderoso de su tiempo. Además de España, posee los Paises Bajos y el Franco Condado, lo que le permite seguir amenazando virtualmente a Francia. Domina Italia, ya que posee al norte el Milanesado y al sur los reinos de Nápoles y de Sicilia. Fuera de Europa, tres cuartas partes de América son españolas, lo mismo que el archipiélago de Filipinas. Además en 1580, Felipe II se convertiría en rey de Portugal.
Soberano cuasi absoluto, Felipe II se impone como meta el reforzamiento de la unidad política y religiosa de España y la defensa de los intereses españoles en toda Europa, que pronto se confunde con la defensa misma del catolicismo, amenazado a un tiempo por los protestantes y por los turcos. Es así como se explican sus conflictivas relaciones con la Inglaterra protestante, que desembocarán en el fracaso de la invencible Armada enviada contra las Islas Británicas en 1588, sus intervenciones en Francia durante los últimos episodios de las guerras de Religión, y su participación en la lucha contra los turcos, sobre todo durante la victoria cristiana de Lepanto en 1571.
Este largo reinado (1555-1598), es lo que se ha dado en llamar el "Siglo de Oro" español, que va aproximadamente desde 1530 a 1640. Además del esplendor de la civilización española, hubo una clara prosperidad económica en el país. Frente a este florecimiento, se halla la Santa Inquisición, que censuraba toda disidencia religiosa, llegando a su máxima expresión con la expulsión de los moriscos de España, entre 1569 y 1571.
El único fracaso que habría de soportar Felipe II sería la revuelta en 1566 de diecisiete provincias de los Paises Bajos, que ensangrienta todo el país. Veinte años más tarde, la reconquista de las provincias del sur, que han seguido siendo católicas, está asegurada. No ocurre lo mismo con las del norte, con Holanda a la cabeza, mayoritariamente calvinistas y animadas por Guillermo de Orange, se proclamarán, en 1581, repúblicas de las Provincias Unidas, prosiguiendo la lucha por el reconocimiento de su independencia.

Poliptico Averoldi
Triunfo de David

 

 

 

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