Su obra


Los pocos datos biográficos que se conocen sobre la vida de Zurbarán no facilitan la descripción de su personalidad. La carencia de cuadros cuya temática recoja sucesos personales brillan por su ausencia. Ni siquiera existe ningún autorretrato totalmente fiable del artista. De manera que ni sus rasgos físicos conocemos con certeza.
Posiblemente esa escasez de datos puede ser síntoma de una personalidad apacible, tranquila, que se sumerge en el mundo de la pintura y la introspección, y que desea desarrollar en lugares amigables su arte. Es un hombre que viaja poco. No cruza las fronteras extranjeras y de España sólo conoce las tierras de Badajoz, Sevilla y Madrid.
De la temática general de sus obras, de sus relaciones con instituciones religiosas y, sobre todo, del misticismo y del talante de sus cuadros se puede deducir que es un hombre que le gusta mirar en su interior y reflejarlo en los lienzos. Su vida introspectiva parece más rica, amplia, intensa y profunda que su vida exterior carente de fuertes emociones e interesantes sucesos.
Toda su fuerza interna se convierte en pintura. Su intensa fe, sus arraigadas creencias personales en la existencia de Dios y la institución de la Iglesia se manifiesta en sus pinceles, que esgrime cual espada, en favor de la fe de Cristo. Zurbarán como Rubens son los paladines de la Contrarreforma. La diferencia entre ambos, posiblemente, se pueda apreciar en su sentimientos. Uno colorea sayos con la más variada gama de blancos, símbolo de pureza, mientras que el otro es el pintor de la carne por excelencia.
Zurbarán es un hombre entero, trabajador, honesto, de carácter austero y poco vanidoso. También es, sin duda, un luchador, un hombre capaz de separarse de su amada Sevilla, marchar a Madrid con 60 años, en la última etapa de su vida, para conseguir encargos, y morir en una tierra que le era extraña y quizás poco grata.
En su testamento, -sencillo como él mismo y donde no figura ningún libro, por lo que se supone que no era gran lector-, pide que le entierren en la iglesia de los Recoletos Agustinos descalzos y que digan 200 misas por su alma. Su profunda fe queda reflejada en este documento donde el hombre expresa su última voluntad: <<Creyendo como creo en el misterio de la Santísima Trinidad...y en la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, en cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir invocando como invoco a la Sacratísima siempre Virgen María madre de nuestro Señor Jesucristo y a todos los demás santos y santas de la Corte celestial a quien suplico intercedan por mi alma a su divina magnificencia para que perdonando mis pecados la coloque con la de sus bienaventurados y temiendo de la muerte que es cosa tan cierta y su hora tan incierta...



Francisco es hijo de un tendero y comerciante acomodado, llamado Luis de Zurbarán, y de Isabel Márquez, una mujer que se ocupa de la casa y de cuidar a los seis hijos fruto de este matrimonio.
Francisco permanece con su padres y hermanos en Fuente Cantos hasta los 16 años aproximadamente. A esta edad se separa de su familia y marcha a Sevilla con la aprobación y apoyo paterno a aprender el arte de la pintura.
Después de conocer los recovecos de la bella ciudad sevillana, el artista se establece en Llerena, pueblo de Badajoz, donde se casa en mayo de 1617 con María Páez de Silices. Esta mujer, de 28 años, es de origen humilde -su padre es zapatero- y Francisco con 19, nueve años menos, un prometedor pintor.
El matrimonio, que duró seis años, tuvo tres hijos. María que es la primogénita, nace en 1618. Esta joven se casa en 1638 cuando tiene 20 años con un capitán valenciano llamado José Gassó en la parroquia del Sagrario.
El segundo hijo es Juan, nacido en 1620 y que trabaja como pintor, seguramente colaborando en los encargos de su padre. Este joven se casa en agosto de 1641 con Mariana de Cuadros, hija de un rico comerciante. Juan falleció en junio 1649, con tan sólo 29 años, a causa de la peste que asoló Sevilla.
La última hija de este matrimonio es Isabel Paula, nacida en 1623 y que también contrae matrimonio, aunque se desconoce la fecha. Durante el nacimiento de esta niña parece que es cuando la madre pierde la vida.
Poco se sabe del carácter de esta mujer al igual que del resto de sus esposas. Otros pintores suelen retratar a sus cónyuges solas o acompañadas, vestidas o desnudas, como es el caso de Rembrandt y Rubens. Sin embargo los artistas españoles como Zurbarán, Velázquez o, más posteriormente, Goya, no han realizado obras de sus esposas, o al menos, no se puede asegurar que sean ellas.
Juana de Pacheco, Josefa Bayeu y tantas otras se mueven en la sombra eclipsadas por la personalidad del artista. Silenciosas, sin despertar siquiera pasiones, velan al artista, cuidan de los niños y seguramente sufren en soledad. El amor, arrebato de pasión, que siempre acompaña a los personajes bohemios como los artistas falta en la vida de éstos.
La segunda esposa de Zurbarán -después de unos tres años de viudez- es Beatriz de Morales, diez años mayor que él, y viuda también desde hace un año. La boda entre el pintor de 27 años y la mujer de 37 se celebró en 1625.
En aquellos tiempos parece que era habitual volverse a casar tras fallecer la primera esposa con la finalidad de que la nueva mujer cuide de los hijos, tan numerosos en aquellos años, y en el caso de los pintores para que también atienda a los colaboradores y pupilos.
El matrimonio, que duró catorce años, tuvo una hija llamada Jerónima que murió pronto. Beatriz fallece en mayo de 1639. Justo el año anterior se había casado María, la primogénita del pintor.
La necesidad de apoyo femenino, de tener la compañía de una mujer le motiva a casarse por tercera vez en febrero de 1644 -tras casi cinco años de viudez- con Leonor de Tordera. Esta mujer también viuda tiene veintiocho años cuando contrae matrimonio con Francisco de Zurbarán que tiene cuarenta y seis, es decir, ella es ocho años más joven. Parece que ambos se conocieron porque Leonor vivía en la Collación de Magdalena, que es el lugar donde se traslada su hija María a vivir con su marido.
La relación con Leonor, hija de plateros, duró veinte años y fue muy prolifera. El matrimonio tuvo seis hijos: Micaela Francisca nació en 1645, José Antonio en 1646, Juana Micaela en 1648, Marcos en 1650, Eusebio en 1653 y Agustina Florencia en 1655. La mayoría muere a temprana edad, pero ninguno sobrevive al padre. Así queda reflejado en un documento escrito por Leonor de Tordera cuando pide que se realice el inventario de los bienes de Zurbarán: <<Digo que mi marido murió...sin dejar hijos del matrimonio que entre los dos contraímos>>.
Apenas nada se sabe de la vida de esta mujer. Es posible que permaneciese un año más en la Corte tras el fallecimiento del pintor, porque firma en Madrid en 1665 varios documentos relacionados con la herencia del gran artista español.

Inmaculada I
Inmaculada II

Los orígenes de Zurbarán son humildes. El pintor nació en un pequeño pueblo extremeño llamado Fuente de Cantos. La profesión de su padre, tendero, es sencilla pero debía proporcionarles las ganancias suficientes como para mantener a los cinco hijos del matrimonio e incluso permitirse que uno de ellos, Zurbarán, se desplazase a vivir tres años en Sevilla.
El padre del artista y el maestro sevillano, Pedro Díaz, firman un riguroso contrato donde éste, además de impartir clases, ha de ofrecerle cama y comida: <<Le deis de comer, casa y cama en que duerma sano y enfermo...Todo por dieciséis ducados; ocho pagados al empezar, y los otros, al año y medio>>. Un precio realmente barato por los servicios a prestar.
Con el tiempo, según aumenta el éxito y la fama del pintor, también se valoran a mayor precio los encargos que le ofrecen. Uno de los primeros trabajos importantes que realizó fue para los dominicos en enero de 1626. Este encargo de veintiún cuadros a ejecutar en ocho meses para el convento de San Pablo le facilita la entrada a Sevilla. El precio total ascendía a 380 ducados, es decir, 18 por cuadro. Una cantidad bastante baja.
El siguiente encargo llega en agosto de 1628 y procede de otra orden sevillana: veintidós cuadros para la Merced Calzada sobre las historias de San Pedro Nolasco. El precio total se estableció en 2.000 ducados, es decir, casi 91 por cuadro. Este precio sigue siendo bajo, aunque mayor que el anterior, porque el formato es grande. Sin embargo el precio que cobra por sus obras aumenta paulatino con el paso del tiempo. Las diferentes ordenes comienzan a pagarle mayores cantidades para que trabaje para ellos. No en vano es conocido como el "pintor de los frailes". Además, los centros religiosos son buenos clientes porque disponían de dinero y tenían grandes paredes donde colocar un buen número de obras.
También es sabido que el pintor mantiene relaciones con Sudamérica. No se sabe en qué fechas comienzan los contactos entre el pintor extremeño y algunas ciudades del nuevo continente. Sin embargo existe un documento que prueba que en 1638 el artista intenta cobrar el dinero que se le debía por una serie de obras.
A pesar de estos contratiempos, la venta de cuadros en América debía ser un buen negocio que aprovecharon muchos pintores españoles, porque al no tener que desplazarse el artista hasta allí las obras podían ser pintadas por varios colaboradores, las reclamaciones eran complejas, y la calidad generalmente era peor que en las obras que se vendían en España.
En 1638 se casa la hija mayor de Zurbarán. La dote de 2.000 ducados es importante y refleja una buena situación social y económica.
También en estas fechas, el artista extremeño comienzan a cambiar de residencia de manera continuada dentro de la ciudad de Sevilla. Se cree que el pintor tenía como segunda fuente de ingresos el subarrendamiento de pisos, es decir, el pintor alquilaba casas a sus propietarios y, a continuación, las realquilaba a mayor precio a una tercera persona.
La situación del pintor se complica a partir de 1649. A causa de los estragos realizados por la peste en Sevilla, Zurbarán no sólo pierde a su hijo, sino que los encargos disminuyeron bastante, pues las prioridades comenzaron a ser otras. Además con la llegada unos años después de las nuevas hornadas de pintores, entre ellos Murillo, Zurbarán empieza a quedar desplazado y a tener problemas económicos. Por tal motivo, se traslada a Madrid en 1658 en busca de trabajo.

Fray Francisco Zumel
Fray Pedro Machado

En la capital del reino parece que realiza bastantes encargos para el monarca. Sin embargo no debía ganar suficiente dinero, porque se presenta como tasador de cuadros en los inventarios de varios personajes: Francisco Frechel, Francisco Bovori, y Alonso Santander, cuyo inventario no pudo concluir porque Zurbarán falleció unos meses antes. Todas estas tasaciones se realizaron, quizás como signo de mal augurio, en el año de su muerte.
El testamento de Zurbarán es breve y concreto. El artista reconoce que no tiene dinero ni si quiera para restituir la dote de su mujer Leonor de Tordera.
Por tal motivo, Zurbarán manda en su testamento que se cobren los 8.000 reales de vellón por unas mercaderías que le ha enviado a su hija María, que Miguel de Tordera, hermano de su mujer, le devuelva los 800 reales de a ocho de plata que le debe, que su compadre Chazarretía también page los 300 reales de a ocho de plata que le remitió en un cajón. Con este dinero y el inventario que Leonor pide que se haga de los bienes de su esposo, Zurbarán espera poder devolverle a su esposa su dote de 27.500 reales.

Esta cifra es la única dote que se conoce de las tres esposas del pintor y posiblemente sea la cantidad más alta considerando la profesión y orígenes de la familia de estas tres mujeres.
Zurbarán con humildad y sencillez, pidiendo disculpas a su esposa escribe en su testamento: <<no hay con que poder satisfacer a Leonor de Tordera, mi mujer, su dote más que tan solamente las deudas que llevo declaradas y muy pocos vienes que tenemos. Y así suplico me perdone y que me encomiende a Dios y las dos mis hijas no la molesten antes la den satisfacción de lo que llevo declarado que aún con ello no la pueden pagar. Así lo declaro por descargo de mi conciencia y para cumplir y pagar este mi testamento>>.
Las hijas son nombradas herederas universales y parece que esto es motivo de discordia entre éstas y la madrastra. La suma del inventario de los bienes, tanto cuadros como utensilios personales, más las deudas a cobrar no alcanzan a cubrir la dote de Leonor.
Parece que los últimos años de vida del pintor fueron poco favorables a la fortuna. Incluso para poder curar la desconocida enfermedad que Zurbarán padecía en los últimos años de su vida y, después, pagar el funeral, tuvieron que empeñar una vajilla de plata.
El inventario del artista revela que vivía en una situación apretada. La mayor parte de las propiedades del pintor que figuran en este documento son sillas, escritorios, almohadas, taburetes, baúles y poca ropa: <<dos vestidos de lanilla a medio traer, una capa de paño, dos sombreros, un vestido de color acanelado viejo, tres pares de calzoncillos, seis pares de calcetas y tres pares de medias de seda viejas>>.

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